Archive for octubre, 2009

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN…DEL ODIO

Bate de béisbol a cuadro: hay que defenderse del enemigo. Juegos de palabras: ok, no debieron confundir inocentemente -es un decir- el nombre Obama con el de Osama. La esvástica desempolvada (tampoco es que haya estado guardada en el armario por tanto tiempo): que quede claro, el negro es un peligro para ti y tu familia. Ah, pero no es racista el argumento.

Unos dirán que la cadena de televisión Fox News se lo buscó. Las viñetas anteriores son sólo muestra de un discurso sostenido de confrontación con el presidente Obama. Otros invocarán la libertad de expresión para decir que es la Casa Blanca la que se ha excedido: vetar a un medio de comunicación, por muy opositor y ofensivo que sea, no habla de madurez democrática. Pero los dados están echados y el resultado incierto: la lucha de fuerzas podría llevar a un sano reequilibrio de poderes, o a una carnicería implacable.

Al declararle Obama “la guerra” a Fox News sólo se evidencia el grado de rispidez a que está llegando el debate público en Estados Unidos. Porque si bien es cierto que los comentaristas de esta cadena de televisión conservadora han sido particularmente ácidos y ofensivos en algunos de sus comentarios sobre el Presidente, su plan de reformas al sistema de salud, su “extranjería”, etcétera, también lo es el hecho de que no son los únicos atrincherados en esa esquina del discurso público, y que una buena parte de los estadounidenses coincide con y está dispuesta a creer lo que en estos medios se dice. La pregunta de siempre: ¿son los medios de comunicación los culpables de incitar al odio o en realidad se hacen eco de las inquietudes sociales? Y la respuesta de siempre: ambos, porque es un ciclo que se retroalimenta.

La guerra sigue su curso. Fox News continúa con sus editorializaciones que no sólo se oponen a Obama, sino que lo ridiculizan y satanizan. El desafortunado chascarrillo de la comentarista Liz Trotta -que así lo calificó ella- al mezclar al aire las palabras Obama y Osama, es sólo ejemplo de este encono. Y la imagen de un Glenn Beck, conductor estrella de Fox News, con bate de béisbol en mano, mirada fija a la cámara, en actitud de cómico-agresiva defensa frente al enemigo Obama, alimenta el imaginario de quienes creen que desde la Casa Blanca se busca trastocar el estado de las cosas. El equipo de Obama, por su parte, ejerce una especie de veto: el Presidente no se presenta en los programas de Fox News, los periodistas de esa cadena no son invitados a reuniones de prensa. Anita Dunn, encargada de comunicación en la Casa Blanca, lo expresó así hace unos días: “Fox News es, para nosotros, más que un canal de noticias, un ala del Partido Republicano”.

Compleja ecuación ésta de confrontarse con un medio de comunicación. Porque así como la “declaratoria de guerra” evidencia la rispidez del debate público, también exhibe el trabajo que nos está costando convivir con nuestros medios de comunicación. ¿Qué hacer ante la retórica incendiaria y de odio?

Hace años ya, cuando comenzaba a navegar por Internet, me encontré con una iniciativa, “Hate on the Net” (Odio en la Red), impulsada por el Centro Simon Wiesenthal, a través de la cual se registraban todos los sitios que incitaban a la violencia racial, étnica, de género, política, etc. La intención era castigarlos al exhibirlos, y hasta ahí. Algunos dirían, sin embargo, que exhibirlos no basta: hay que combatir el discurso de odio. Pero al combatirlo, ¿no lo estamos incendiando más? Y al no hacerlo, ¿no somos culpables por omisión?

Pocos días ha, un niño le preguntó a Obama: “¿por qué te odian tanto?” El video le ha dado la vuelta al mundo, y es uno de los más vistos en YouTube. ¿Por qué te odian tanto? Preocupa la palabra, y que comience a enquistarse, porque cuando alguien odia lo que yo amo, estoy dispuesto a todo para defenderlo; y cuando alguien odia lo que yo odio, estoy dispuesto a todo para aniquilarlo. Entonces comenzamos a hablar de guerra, de declaratorias de guerra, que es una metáfora que no reconoce matices: tiene que haber ganadores y perdedores, muertos en el camino. Los muertos pueden ser simbólicos, o no. Dependerá de qué tanto queremos estirar la metáfora.

En México, el presidente Calderón ha dicho en muchas ocasiones que los medios de comunicación no están contribuyendo a que el país camine mejor porque “no informan como debieran”. En Venezuela, el presidente Chávez mantiene guerra abierta en contra de los medios que, en su oposición, “son un peligro para la estabilidad de la nación”. En México, el Sindicato Mexicano de Electricistas denuncia el “cerco informativo” y lanza a sus seguidores al acoso en contra de los “comunicadores enemigos”. En Honduras simplemente se desmantela a las estaciones de televisión y de radio opuestas al régimen de facto. Insisto, pareciera que nos está costando trabajo convivir con nuestros medios de comunicación.

Sostengo que desde quienes ejercen el poder no debe venir la andanada en contra de los medios de comunicación, porque siempre estará acompañada de un tufillo a censura. Pero sostengo también que los medios de comunicación requieren de contrapesos reales que los obliguen a estándares de calidad y les recuerden la responsabilidad que implica ser los definidores de opinión y los constructores de realidades. Argumentar, como hiciera hace unos días Michael Clemente, ejecutivo de Fox News, que la audiencia de la televisora es lo suficientemente inteligente para distinguir entre opinión e información, no basta.

Más de uno está muy enojado en Estados Unidos. Y el presidente Obama abrió un nuevo frente de batalla. Pero la metáfora bélica, llevada al extremo, puede reportar muertos en un camino que no sabremos desandar.

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NI LO CONOCÍA, NI LO MATÓ; PERO SÍ LA PURGÓ

Pues resulta que hasta mi cinismo casi recalcitrante tiene sus puntos débiles. Y que con todo, aún me conmueven los intentos por descararnos. Cuando son frescos y en su crudeza también entretienen.Presunto Culpable, documental hijo de muchos autores, evidencia que cuando comenzamos a contar ciertas historias, de cierta manera, estamos listos para cambiar la Historia.

La anécdota ya no sorprende, en eso estriba un poco la tragedia original. Cuando tu condena es demostrar tu inocencia, y no al revés, algo anda muy podrido en nuestra Dinamarca. Un joven, levantado al azar, purga la culpa por un crimen que no cometió. Así, porque los policías debían cumplir con su cuota de detenidos, porque el sistema lo permite y las circunstancias lo favorecen. En México, como en muchos países de la región, el nombre del juego es impunidad: ésa que paraliza, determina, traza pasados. No hay quien no tenga anécdota que contar sobre corrupción, abuso de autoridad, arbitrariedades. El muy mexicano “ni modo” materializa nuestro claudicar. “¡Ya ni pa’ qué le mueves, mano!”

Hasta que le mueven. La cámara recorre, va y viene, papel, papel, papel, papel… expedientes apilados en estantes metálicos, pasillos llenos de rostros, destinos, olores -a veces el cine huele, no sólo duele-; túneles amarillos y esa espantosa luz blanca que siempre tiembla; paredes despellejadas, celdas bien organizadas: al fin son muchos los que sabrán acomodarse en pocos metros; incluso aquél que duerme sobre el piso, bajo las literas tomadas, con las cucarachas sobre el cuerpo -porque también las cucarachas deben acomodarse. Y luego los juicios, y los rostros, y esas sonrisas, esas sonrisas desgraciadas. Ahí todos son títeres, los buenos y los malos; el problema es que ya no nos acordamos quién es el titiritero.

Presunto Culpable, documental de Roberto Hernández, Layda Negrete, Geoffrey Smith, y una larga lista de cómplices -entre ellos las productoras Martha Sosa y Yissel Ibarra- cuenta la historia de Antonio Zúñiga, joven vendedor de videojuegos y productos de cómputo en las calles de Iztapalapa (esa colonia del Distrito Federal mexicano, reciente centro de atención, ahora por el actuar de un candidato a delegado, Juanito, que en su picaresca descaró la perversión de un sistema que aún se afirma). Estar en el lugar y el momento equivocados: nunca es buena receta para nada. Zúñiga termina en la cárcel porque la policía lo relaciona con un retrato hablado al que no se parece, que nunca aparece y a pesar del cual comparece. Ahí comienza todo. Un juicio para justificar la decisión previamente tomada: Zúñiga es culpable, porque sí. Y aquí podría ganar mi ya citado cinismo casi recalcitrante. Algo en mí diría: ¿y cuál es la novedad?

La suerte, que también juega en esto, y trabajos previos, hicieron que a dos estudiosos del derecho y el sistema judicial mexicano, Roberto Hernández y Layda Negrete, les llegara esta historia, comenzarán a videograbar los juicios (sí, porque nadie se los impidió), lucharán por acomodar las piezas para convencer a quien importa. Mientras van pasando los días, que se hacen años para Zúñiga en esa cárcel mexicana. Y de ahí en adelante ya no les cuento, porque necesitan ver la película. Recojo algunos momentos: los gestos de los policías interrogados, el bigote retorcido de la dignidad herida; la sorna del juez que es también parte; las mujeres del acusado -amigas, hermanas, madre, novia, hija- que son el coro que lo soporta; el break dance con el que ese Zúñiga hip hopero retrueca un poco su destino; los insoportables careos que obligan a sostener la mirada del que te está hundiendo; la abogada de la parte acusadora que revira, cuando Zúñiga le pregunta ¿por qué me condenas?, con un mexicanísimo “porque es mi chamba” que sepulta a la razón bajo la lógica del que se asume ficha de engranaje; el abogado defensor que en un suspiro sentencia “¡qué huevos tienen estos cabrones!”.

Presunto Culpable se estrenó con gran éxito en el Festival de Cine Internacional de Toronto 2009, y ganó por aclamación como Mejor Documental en el reciente Festival Internacional de Cine de Morelia. Lo merece, por su armado narrativo, por la pista musical, por la gran intuición visual. Porque es profundamente entretenida, y emotiva. Pero, a la postre, lo que más me gustó de la película es que no paraliza en la exhibición de nuestras miserias sociales. Cuando la impunidad se vuelve rasgo cultural, es difícil encontrar motivadores que la descoloquen. Y aquí los hay, y muy concretos. Por eso decía que cuando comenzamos a contar ciertas historias, de cierta manera, estamos listos para cambiar la Historia.

71% de los prisioneros en México es alimentado por su propia familia; 93% de los presos nunca vio una orden de aprehensión; 95% de las sentencias es condenatoria; 92% de las acusaciones carece de evidencia física y se basa en testigos – todo esto según estudios del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) y del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal. Y las cifras no son muy diferentes para otros países de la región latinoamericana. Luego nos sorprendemos de que la impunidad sea un rasgo casi genético. Y películas, o series de televisión, hemos visto muchas sobre esta materia: motines, abusos, violaciones, vejaciones. Nos hemos ido acostumbrando a la narrativa de la violencia. Tal vez por eso estemos listos para contarnos las mismas historias de otra manera, y para provocar la conversación necesaria que en una de esas sí motive el cambio.

Creo que la llegada del otoño suavizó mi cinismo casi recalcitrante. O que ya estoy necesitando encontrar historias que al conmoverme, me muevan. Claro que siempre podremos seguir en el lamento de la impunidad; al fin, mientras no nos toque estar en el lugar equivocado y el momento equivocado… Porque la suerte, recordemos, también juega en esto.

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LAS PUTAS TRISTES QUE NO FUERON

Que siempre no. García Márquez y sus putas tristes no serán placeados por Puebla. Se canceló. Las voces se alzaron: filmar esta película podía entenderse como una “forma de promoción de un delito como la pederastia”; y la suerte estaba echada. Por lo menos en Puebla, y por lo menos ahora, no se filmará.

“La censura espera con ilusión el día en que los escritores se censurarán a sí mismos y el censor podrá retirarse”, dice J.M. Coetzee en Contra la censura. Y, ¡carajo!, qué fácil es caer en tentaciones censoras, aún en aras de las mejores causas.

La historia es breve: el estado de Puebla, en México, sería locación para la filmación de Memorias de mis putas tristes, obra de Gabriel García Márquez en adaptación de Jean-Claude Carrière y dirigida por Henning Carlsen. García Márquez no necesita presentación; Carrière tiene una carrera como guionista cuyos cimientos llegan hasta los diálogos creativos con Luis Buñuel; Carlsen es un sólido director de cine sueco, con obra que habla por sí misma.

La novela referida es para muchos posiblemente una de las menos logradas de García Márquez: la historia de un anciano que para su cumpleaños 90 se regala una noche de sexo con Delgadina, una adolescente virgen. Tiene sus raíces en obras previas, como La casa de las bellas durmientes de Y. Kawabata, que -es cierto- resuelve de manera mucho más sutil la paradoja del deseo maduro por la inocencia puberta.

El escenario elegido para la filmación no es muy virgen que digamos; y no porque Puebla haya sido localización ya de muchas películas en la historia del cine. Lo que hace especial a este estado -cuyo gobierno cofinanciaba el filme-, y sobre todo por el tema de esta obra de García Márquez, son los escándalos de los últimos años que ligan al gobernador, Mario Marín, con un empresario acusado de pederastia y con amenazas abiertas a periodistas que han buscado desenmascarar el tráfico sexual de menores en el sur mexicano.

Es posible que el anuncio de financiamiento de esta película respondiera más a un deseo publicitario por asociar el nombre de García Márquez a un gobierno vilipendiado por la intelectualidad mexicana. Porque la reacción a las denuncias de posible fomento a la pederastia fueron casi de resorte: sin chistar se retiró la oferta de financiamiento. Fin de la historia: que no se le haga más ruido. Y casi logra enterrarse en el barullo de las convulsiones políticas que vive México; además de que una parte de quienes opinan profesionalmente no le entraron demasiado al tema, porque la ecuación ‘García Márquez-libertad de expresión-pederastia-Mario Marín’ no es fácil de resolver.

Algo de lo aquí sucedido no me gusta nada, porque me temo que en aras de una buena causa se tocó a la puerta de la censura. Un mal manejo de las autoridades locales, esencialmente desprestigiadas, y una reacción purista de quienes defienden causas respetables: la suma de infortunios y la cancelación de la expresión. Además a priori; nadie ha hablado de la calidad de la adaptación, no sé siquiera si se conoce. Fue una reacción precautoria: para evitar lo que pudiera llegar a suceder. Y ya sabemos que eso no le salió bien ni al Tom Cruise de Minority Report.

Desprecio profundamente la pederastia y apoyo todo esfuerzo por combatirla. Secundo también las denuncias de quienes han sido atacados por ventilar el tráfico de niños en la parte sur de México. Pero justo por todo eso se activan mis señales de alarma cuando quienes han luchado por la libertad de expresión ahora piden que no se filme una película porque podría promover la pederastia. ¿Los espectadores somos incapaces de entender la diferencia entre realidad y ficción? ¿No hay grandes obras que evidencian las miserias humanas? ¿Quién traza la línea divisoria entre lo que sí estamos en condiciones de consumir y lo que no?

Eran los años 80. Un profesor de literatura nos narró su encuentro con el diablo. Escribía una novela, y a uno de sus personajes -hombre cuarentón- le gustaban las niñitas. Para retratarlo mejor, mi profesor se sentó en la banca de un parque y mientras veía jugar a unas pequeñas, imaginó lo inimaginable. El sólo narrárnoslo nos descubrió también al diablo. Y no recuerdo que ninguno de nosotros saliera del aula, corriendo, a cometer actos de pederastia.

Lolita de Nabokov; la publicidad de Calvin Klein; las fotografías de Benetton; el manga y su gráfica perturbadora; ¿cuántas obras conocemos que han provocado la reacción airada de algunos que ven en la materialización de la sexualidad infantil, la peor de las perversiones sociales?

Quienes abogaron por cancelar la filmación de la película que sería (¿o será?) de Carlsen argumentaron que la obra de García Márquez hace menos daño porque se lee menos, y una película llega a más personas. ¡Vaya argumento chabacano y paternalista! Dejemos la explicitación de las miserias humanas a los libros de unos pocos, y resguardemos de ellas a las masas indefensas: ¿así va a ser? Ahora bien, si todo el numerito se armó para cobrarle al gobernador Marín sus vínculos con empresarios acusados de pederastia y por la persecución de periodistas, entonces se echó mano de lo mismo que se defendía para atacar al villano.

La libertad de expresión no está a merced del juicio de unos cuantos, ni pueden esos cuantos decidir lo que otros debemos consumir. Existe el principio de elección. Y en tal caso habríamos debido darle el beneficio de la duda a la calidad probada de Carrière y Carlsen.

Yo espero que lo sucedido se quede sólo en episodio, y no se vuelva tentación reiterada. Pero, por ahora, ni García Márquez ni sus putas tristes se placearán por Puebla. Se canceló.

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LOU DOBBS, ¡ERES UN PELIGRO PARA LOS LATINOS!

Son los matices los que nos ponen a prueba, pero hay que darles oportunidad.

CNN, la cadena de noticias, está sometida a un bombardeo -o, para ser precisos, un nuevo bombardeo-. En la mira: Lou Dobbs, controvertido conductor titular del programa nocturno del mismo nombre. Asociaciones de Latinos, en defensa de los inmigrantes, exigen a CNN el cese de Dobbs. Cargos: incitación al odio racial y clasista. La red de organizaciones pro latinos, BastaDobbs.com, denuncia que este conductor “echa mano de información errónea y exagerada para difundir mitos sobre los inmigrantes y los latinos, promueve teorías de conspiración para aumentar el miedo frente a estos grupos sociales y da tiempo aire a grupos extremistas”. En resumen, éstas -más otras organizaciones, molestas porque el conductor ofrece espacio a las intrigas que cuestionan la nacionalidad del presidente Obama-, espetan: “Lou Dobbs es un peligro para los latinos y debe salir del aire”. Simple as that. Tienen razón, pero es complicado.

¿Qué tan intolerantes habremos de ser con los intolerantes?

Una mirada a vuelo de pájaro sobre nuestras inmediaciones debiera activar señales de alarma. En aras de mantener la paz, el Gobierno del hondureño Micheletti -ése que sigue argumentando que lo suyo no fue golpe de Estado sino “sucesión constitucional”- ordena en estos días la salida del aire de estaciones de radio y TV simpatizantes con el depuesto Zelaya. Las antenas son desmontadas por quienes arguyen que Canal 36 y Radio Globo son “un peligro para la estabilidad nacional”. Y van para fuera. De paso, amenazas de muerte contra comunicadores: Ismael Moreno, sacerdote jesuita y director de Radio Progreso en Honduras, aún puede contarlo. ¿Otros? ¿Por cuánto tiempo más? ¿Cuándo aparecerá el primer justiciero?

Las palabras tienen el peso de su propia materialidad. No se nos olvide.

28 de septiembre: Día Internacional por la Despenalización del Aborto. En México D.F., como en otros lugares del mundo, se suceden marchas y actos de apoyo para quienes luchan por el derecho de la mujer a decidir y a que un acto personalísimo no sea criminalizado. En la Ciudad de México es lunes, y hay demasiados Juanitos, reales y de opereta, que distraen la atención del respetable. Pero por la tarde comienzan a circular las notas de prensa: “feministas marchan a favor del aborto”. La reacción desatada en las redes sociales no deja duda del rencor acumulado: “putas asesinas” son sólo algunas de las linduras más leves que circulan por los Twitters, Facebooks, correos electrónicos, foros. Y claro que a esas alturas ya no hay espacio para el matiz: destacar la diferencia entre “ciudadanos a favor del derecho a decidir” y “feministas a favor del aborto” es un acto demasiado sofisticado para los tiempos acelerados y fragmentados en que vivimos.

La interactividad de la comunicación digital es un espacio intenso para la retroalimentación, incluso aquella que es abiertamente destructiva, u ofensiva. Basta leer, por ejemplo, los comentarios a las informaciones que se publican en los portales. Periodistas mexicanos, que lo viven de manera casi sistemática, lo narran: un comentario sobre el otrora candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, por decir algo, desata la furia vengativa. U otro ejemplo: cuando hace muchos meses ya, se anunció la insolvencia de Air Madrid y muchos pasajeros quedaron varados entre España y Argentina, los foros de los principales diarios (incluido EL PAÍS) se transformaron en verdaderos campos de batalla: fuego cruzado entre quienes reclamaban a los “españoles colonizadores y abusivos” y quienes agredían a los “sudacas muertos de hambre”. O cuando hace una semana escribí que, según lo que recreaban algunos de nuestros medios de comunicación, México está enojado y frente a un “estallido social”, hubo quienes hasta pidieron mi expulsión del país. Hombre, cómo que andamos con la piel muy sensible, ¿no?

Difícil saber escuchar lo que uno no está dispuesto a escuchar. Pluralidad, secularización del saber, democracia, tolerancia… parecían ser algunas de nuestras conquistas en la Modernidad. O eso creíamos.

La elección para suceder a Koichiro Matsuura al frente de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, al Ciencia y la Cultura (UNESCO), recayó hace unos días en la búlgara Irina Bokova. Derrotó al favorito, pero polémico, Faruk Hosni, ministro egipcio de Cultura quien habría declarado en otro momento que “se ofrecía a quemar los libros israelíes que se habían introducido clandestinamente en la Biblioteca de Alejandría”. Se retractó, pero no fue suficiente. Elbibliocausto no tiene, ni debe tener, simpatías civilizatorias. La memoria es demasiado fresca: Alemania en los 30, Argentina en los 70, y un ignominioso etcétera. Quemar las letras, que son un peligro para el amenazado, como que nos ha quedado demasiado a la mano.

Vivimos momentos encendidos, con el insulto a flor de piel y la descalificación recurrente. Lou Dobbs fuera, porque es un peligro; las televisoras críticas en Honduras fuera, porque son un peligro; las “putas asesinas” fuera, porque son un peligro; las letras incómodas fuera, porque son un peligro. La censura, cuando es políticamente correcta, aceptable; decido yo y mi conciencia. ¿Y dónde quedó el matiz?

Estamos demasiado enamorados de nuestras verdades asumidas. Pero son los matices los que nos ponen a prueba. Nada más que estamos eliminando los resquicios para los matices.

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