Archive for Noviembre, 2009

¿CUÁNTO NOS VA A DURAR LA IRRITACIÓN?

Carlos Fuentes, tras el último Foro Iberoamérica, convoca a reconocer la diversidad y a “ser lo que somos gracias a las diferencias que nos distinguen”. Y en una entrevista publicada en La Nación argentina, Tzvetan Todorov recuerda que “los totalitarios se nutren con la noción de enemigo. Y cuando no hay nadie más para ocupar ese sitio, se coloca allí a la gente que se viste o que baila de manera diferente, que cuenta historias que hacen reír, que es insolente con un superior o con un policía”.

Vaya complicación ésta de lidiar con la diferencia: de ser, de opinión, de estar. Los ejemplos se agolpan, y la ausencia de un discurso sostenido favorece la multiplicación de los campos de batalla.

Momento 1. Poco faltó para que el reclamo cediera a la agresión verbal. La ocasión: un panel que me tocaba conducir. El tema: rol de los medios de comunicación en el fortalecimiento de una cultura de la solidaridad. El público: directivos y colaboradores de todo tipo de asociaciones filantrópicas. Los expositores: representantes de reconocidos medios de comunicación impresos, electrónicos e interactivos. En principio, el escenario pintaba amable y evidente el interés de la audiencia por escuchar a los presentes. Hasta que abrí el micrófono a preguntas u opiniones del respetable. Y se le fueron a la yugular a los medios de comunicación: “ustedes nunca dan espacio a otras historias o noticias”, “han hecho de la ridiculización de las personas con capacidades diferentes una recurrencia”, “no logramos que difundan nuestro trabajo”. Parecían estarse dando cuerda, al grado que entre los reclamos de unos y las justificaciones de otros, lo que ahí vivíamos se estaba transformando en monólogos de trinchera, un claro “ustedes” y “nosotros” que sólo la buena voluntad e inteligencia de los presentes logró evidenciar y superar -por el momento.

Momento 2. Con miras al 2012, Andrés Manuel López Obrador, quien perdiera las elecciones frente al hoy presidente Calderón en 2006, presenta en la plaza pública, su ágora de la Capital mexicana, los diez postulados básicos para replantear el rumbo económico y político del país. Uno de ellos reza: democratizar los medios masivos de comunicación porque “es inaceptable que un pequeño grupo posea el control de la televisión y de la radio, y administre la ignorancia en el país en función de sus intereses”. Hubieron quienes aplaudieron a rabiar y otros que rabiaron a morir. Cierto, no es nuevo el planteamiento, ni original: la reciente legislación sobre medios en Argentina (llamada por algunos la “malvada” Ley K) establece, entre otras cosas, un control sobre el alcance de la propiedad de los medios de comunicación y la obligatoriedad de la inclusión en ellos de la diversidad de voces de la sociedad argentina. Pero también ahí las reacciones fueron viscerales. Como siempre, no hay encuentro posible entre las diferencias, porque desde la revancha unos contaminan el legítimo deseo de democratización de la comunicación, y desde la soberbia otros anulan siquiera la posibilidad del debate.

Momento 3. Algunos articulistas y medios de comunicación (a través de sus espacios editoriales), se hacen eco en estos días de las voces preocupadas por la queja reiterada en todos los sectores de la sociedad mexicana. Dicen, y les asiste en algo la razón, que eso de quejarse sin proponer se ha convertido en una especie de pasatiempo favorito, que no es constructivo porque se consume en sí mismo. Agreguemos a esto la evidente piel delgada de algunos funcionarios que no soportan la exposición pública (y menos si es internacional) de los problemas que aquejan al país ni el cuestionamiento de las decisiones tomadas, y nos comenzamos a meter en terreno jabonoso. Porque de la muy entendible duda sobre la eficacia de la queja perpetua, a la descalificación de la crítica por el daño que hace, hay un paso peligroso que huele a censura.

Y podríamos seguir con “n” cantidad de Momentos porque pareciera que la irritación es la marca de la casa. No soportamos la postura del otro y no estamos dispuestos a concederle la menor razón, aún cuando la tuviese. Y luego nos metemos en honduras cuando se activa el tema, polarizante como pocos, de la penalización del aborto en México; o ahora la discusión sobre el matrimonio entre parejas del mismo sexo en la Ciudad de México (que seguro le permitirá al diputado veracruzano Leopoldo Torres García agregar calificativos a su expresión de hace unos días en que definió al Distrito Federal como la “Capital del Aborto”).

Nos estamos entrampando en una lluvia de descalificaciones y en la necesidad de materializar al enemigo: los medios de comunicación, los políticos, el Presidente, el candidato -el que es, el que quiere ser, el que ya no pudo ser-. A veces da la sensación de que nos estamos atacando más entre nosotros que a quienes sí deberíamos estar combatiendo. Y entonces la crítica se vuelve impotente, dicen por ahí.

A todo esto, me quedo con Fuentes y la necesidad de saber celebrar nuestras diferencias, y con Todorov que no permite que olvidemos. Me quedo con el reconocimiento de la crítica como condición para el crecimiento, y con la convicción de que hay que evitar la estridencia. Porque, en verdad, ¿hasta cuándo podremos darnos el lujo de seguir tan irritados?

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ABORTAR, MORIR Y PURGARLA EN EL CAMINO

Hasta para ser villano hay que saber ser elegante. No sólo en México.

Con lo sucedido este martes, 17 de noviembre, Veracruz se suma a los estados de la República Mexicana que han aprobado o asentado de manera definitiva la penalización del aborto en sus respectivas Constituciones. Salvo por algunas manifestaciones locales, esta forma sigilosa de imponer una visión sobre la vida y el cuerpo a toda una sociedad ha ido encontrando sus espacios de propagación. Porque el debate -que no se ha dado- sobre el aborto es sobre todo un desencuentro de creencias y de verdades asumidas. Muy difícil lograr lo que algunos han reclamado recientemente al presidente Obama: una confluencia equilibrada de posiciones antagónicas. Los extremos sólo se tocan en la lejanía de la que parten: quienes no admiten matices no aceptarán jamás sentarse a la mesa con el otro. Y háganle como puedan.

El 4 de octubre, Yasuri Zac-Nicté Pool Mayorga sufrió un aborto espontáneo en su casa, ubicada en Quintana Roo, península del sureste mexicano. Por cierto, Zac-Nicté significa “flor blanca” en lengua maya, sólo para ubicarnos en el escenario descrito. En el hospital al que la trasladó su familia, a Zac-Nicté le practicaron un legrado. Y de ahí, fue a dar a prisión. Porque en ese estado mexicano, el aborto es un delito que se persigue de oficio. Aparentemente, según narran la implicada y su madre, el aborto se dio porque ambas movían un ropero de un lado al otro de la casa. Como fuere, Zac-Nicté acabó en prisión, acusada de homicidio doloso. La liberaron más de dos semanas después, por falta de pruebas acusatorias. Pero el drama humano ya había tocado la esfera pública, de aquellos que juzgan desde sus creencias la humanidad de la otra.

El 17 de noviembre, el periodista Mario Campos entrevista en la radio al diputado veracruzano Leopoldo Torres García. Ese día estaba programada la votación, en el Congreso local, de la iniciativa que permitiría asentar en la Constitución la protección de la vida “desde su concepción”. El diputado Torres se explaya, y en algún momento afirma que se busca impedir lo que sucediera antes en la Ciudad de México (donde se aprobó tiempo ha la despenalización del aborto). Rotundo, el diputado dice: el Distrito Federal se ha convertido en la “Capital del Aborto”. Me quedé esperando los rayos y centellas que debían acompañar una sentencia de ese calibre. Pero bueno, para desternillarse uno de la risa, si todo esto no fuese tan dramático.

El debate sobre el aborto no es ni nuevo, ni propio de cultura alguna. Los medios recogen, por ejemplo, el rechazo de una parte del clero estadounidense cuando a Obama se le confirió el Doctorado Honoris Causa en la católica Universidad de Notre Dame. Y este mismo diario publica una reflexión sobre el encuentro entre Obama y Benedicto XVI con base en un triunfo civilizatorio: la posibilidad de dialogar desde un mínimo común. En el caso que nos atañe, según refiere José Bono: reducir los abortos y regular la objeción de conciencia. Más apuntes han aportado Umberto Eco, en su momento, y Giovanni Sartori cuando echan mano de Santo Tomás de Aquino para referir que si el embrión sólo tiene “alma sensitiva” no es ser humano por no habérsele sido infundida el “alma racional”. El debate de Eco, y de Sartori, lleva la carga irónica de contraponer a la Iglesia con una de sus máximas autoridades históricamente hablando. Pero bueno, lo rescatable, en todo caso, es el debate. Lo execrable, siempre, la ausencia del mismo, y la imposición burda y autoritaria de una visión sobre otra simplemente porque quien lo hace, puede hacerlo.

Si alguien planeó el camino de lo que está sucediendo en México, habremos de reconocer que le está saliendo bien. Dicen algunos que es la Iglesia; la Derecha; la Iglesia y la Derecha; los partidos mayoritarios: la Iglesia, la Derecha y los partidos mayoritarios. Otros aseguran que la aprobación de estas leyes que penalizan el aborto en casi dos decenas de estados mexicanos responde a fines electorales y a búsquedas por reconciliarse con un electorado simpatizante con estas causas. Yo digo que así como ha venido sucediendo es, sobre todo, una manifestación descarnada de un autoritarismo ramplón que encuentra en la imposición de verdades su única razón de ser. Referirse a la “concepción” aleja la posibilidad de hablar de salud pública, de prevención, de razonar pues.

En algún lugar del Bajío mexicano, una jovencita queda embarazada. La noche de pasión que vivió ni fue tal, y el muchacho que la acompañó dejó de hacerlo. Ella, mayor de edad, decide abortar. Termina en la cárcel. Son, en apariencia, los propios médicos quienes la denuncian. Nuevamente, porque pueden. Porque las legislaciones recientemente aprobadas así lo permiten, es más, lo fomentan. Y mientras, desde la Ciudad de México, la Iglesia católica se pronuncia: uno de los candidatos a presidir la Comisión Nacional de los Derechos Humanos -que renovó liderazgo este mes- no cuenta con su aval; es pro-abortista, así, porque se les antojó el calificativo.

Lo que ha faltado en México, como también en otros lugares, es debate y deliberación, es encontrar ese espacio que permita un mínimo común. Y ha faltado que muchas más voces se pronuncien, que ese#derechoadecidir que ya circula por el ciberespacio se amplifique, que denuncien esta forma casi rastrera en que, de estado en estado, se han ido aprobando las leyes anti-aborto al grado de estar ya en situación de poder buscar la federalización de las mismas.

Rastrero, sí, porque hasta para ser villano hay que saber ser elegante. Mínimo.

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SI VOY A MÉXICO, ¿ME CORTAN LA CABEZA?

Frente al vacío no somos muy buenos. Es más, provoca angustia, y urge rellenarlo. Con lo que sea. Para eso tenemos las historias a la mano. O las creamos.

“Salió de una fiesta; no era tan tarde. Bueno, no sé. Hasta donde pudimos enterarnos. Era su onomástico. Apareció muerto, en el arrollo vehicular. Ahí estaba. Y ahí quedó.” La narración acompañada de rabia contenida: perder a un hijo, así, desata lo innombrable.

El alcalde de San Pedro Garza García, en el norteño Estado mexicano de Nuevo León, salta a la notoriedad por su bravuconería, pero, sobre todo, por haber tocado una fibra sensible de la sociedad agraviada: Mauricio Fernández, con su porte de justiciero, un poco de película setentera, habla de “limpieza”, de ir “más allá de la ley”, de atender las demandas de la población. Todo surge de una anécdota más: al pronunciar su discurso de toma de posesión, el nuevo alcalde informa sobre la muerte de uno de las cabecillas del crimen organizado que más azota la región y que tenía en la mira al propio Fernández. El alcalde que se estrena tiene información privilegiada: antes que cualquier otra autoridad confirma la muerte del criminal. Pero además, deja entrever en su discurso la acción de “grupos de limpieza”, porque ya es hora de acabar con el cáncer de la criminalidad que azota a México. Algunas voces se manifiestan: ¡cuidado con permitir los grupos paramilitares! La razón se expresa, pero el corazón resiste: el agravio que te coloca ante el vacío no permite matices, y la promesa de mano dura ofrece soluciones inmediatas.

“Fuimos a un centro comercial, con unas amigas. A pasar el domingo, como solemos hacer. Cuando llegué a mi casa, me sorprendieron. Tres o cuatro tipos. Me llevaron. Varios días secuestrada. Lo de menos, me vejaron. Lo demás, me quitaron todo. Y ya, no queda de otra.” La narración acompañada de dolor resignado; perder el horizonte, así, es indescriptible.

No es México el lugar que inaugura la retórica del hartazgo social ante la delincuencia y la injusticia; ni tampoco donde se articula por primera vez la solución inmediata de la justicia a mano propia. Cuando el alcalde norteño habla de la acción de “escuadrones de limpieza”, sabe, me imagino, que toca la sensibilidad de quienes ya no desean esperar más, como ha sucedido siempre y en todos lados. En un estudio reciente, Consulta Mitofsky revela que 96,6% de los mexicanos encuestados está de acuerdo con aumentar los castigos contra el crimen; 76,6% acepta imponer la pena de muerte en delitos graves; y, de un 26,3% en 2007, ahora son 45% quienes aceptan que los ciudadanos se hagan justicia por mano propia. El tiempo parece agotarse. Si las autoridades no responden, que alguien más, con la virilidad probada, se haga cargo. Y si hay que aportar, se hace.

“Todo México necesita alcaldes como el de San Pedro, de Nuevo León, entrones y con ganas de sacar a este país adelante, no alcaldes cobardes como…” “Bien hecho, Sr. Fernández! Atender a las necesidades de los ciudadanos y cumplir las promesas hechas es de caballeros, y un caballero como usted es el tipo de políticos que necesitamos en TODO el país…” “Apoyo las actuaciones del presidente municipal, ¡muerte a los delincuentes!” “Bravo mi alcalde, ¡haga historia y quite a estas basuras de nuestro camino, estamos con usted digan lo que digan!” La narración acompañada de la víscera de la ciudadanía, para eso sirven también las redes sociales, el Internet. Perder la perspectiva, así, es simplemente peligroso.

Me toca organizar una conferencia internacional, vendrán personas de diferentes lugares. Recibo de pronto una llamada alterada: “preguntan, dice la voz, si es cierto que en México cortan cabezas. ¿Estamos seguros si vamos para allá?” Cómo explicarle que a diario circulo por la Ciudad de México, y mi cabeza está intacta. Cómo debatirle a las imágenes que llegan a través de los medios de comunicación. Cómo contrarrestar el vacío informativo de tomadores de decisión que sin duda están ganando batallas, pero que no han podido comunicarlo ni a propios ni a extraños. Llevo años viviendo en la capital de México, y nunca me ha pasado nada. Pero la narrativa que impera es otra. Comenzamos a vivir impregnados de historias de venganza.

“¡Qué bueno que este alcalde le está poniendo en su m… a las alimañas. Está en nuestras oraciones. No se deje amedrentar.” “Enhorabuena, Sr. Fernández. Le deseo mucho éxito en su política de cero tolerancia.” “Que se venga a trabajar al D.F.”. Las comunicaciones se multiplican y las cadenas electrónicas dan voz a la inquietud ciudadana. La narración acompañada de su poder de multiplicación; reconocer la capacidad de sumar voluntades, así, es excitante.

No son, por supuesto, todas, las voces que se suman al aplauso. La mesura prevalece y hay quienes desde las tribunas más diversas recuerdan la ley y reclaman sosiego. Pero, insisto, el problema no es la razón, sino la pasión del agraviado. México pasa hoy por un momento crucial en su definición ciudadana: el reconocimiento de los límites del pulso y los espacios del discernimiento. El bravucón alcalde norteño sólo recoge una de las facetas de la historia. La otra, nos toca remarcarla a quienes aún creemos que es sólo a partir de la legalidad que se consolida la convivencia democrática. El problema sigue siendo el vacío: mientras las autoridades no convenzan con su narrativa, nos veremos obligados a inventar historias. Y entonces entran a cuadro los justicieros; y entonces el Estado se convierte en un bando más, no en el definidor de la agenda. A balazos nunca se ha entendido nadie. Sólo se mitiga el miedo. Pero, me consta, este país se merece más. Y no, si vienen a México no les cortan la cabeza.

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UNA TARDE DE CERVEZAS EN LA HABANA

Parecía concurso de miserias, o competencia de quejas. Un par de semanas ha, compartía mesa con jóvenes, estudiantes universitarios, llegados de lugares diversos. Sentados frente a mí: del lado izquierdo, un grupo de cubanos; del lado derecho, una mezcla variopinta, mexicanos, dominicanos, algún venezolano. Todos egresados ya o aún inscritos en diferentes facultades, aunque predominaba la de Comunicación. El motivo que nos convocaba había sido justo un encuentro latinoamericano de estudiantes y estudiosos del periodismo y la comunicación.

De un lado comenzó la queja -“¡estamos fatal!, no nos alcanza para nada, no hay libertades, ¡es una basura vivir acá!”-; del otro vino la réplica inmediata -“¡estamos fatal!, las oportunidades no lo son, el mercado te come, hay un exceso de libertades, ¡es una basura vivir allá!”. Dejé correr un poco la conversación; ahí estábamos, con cerveza en mano y en algún lugar de La Habana. La escena, vista un poco a la distancia: nuestra juventud educada, vital por definición, atrapada en lo que ya adquiría tintes de concurso de miserias. Otro, que también observaba, destacó la ausencia de horizonte: las quejas -falta de oportunidades laborales, de libertades; temor por la inseguridad; desencanto con la clase política y un largo etcétera apuntaban a lo más inmediato, sin una narrativa más amplia. Tal vez, si acaso, entre los estudiantes venezolanos, polarizados y enconados.

Toda generalización es injusta, lo reconozco, pero tengo ya más de 20 años de trabajar con jóvenes de los más diversos lugares como para poder reconocer esta tendencia que despuntaba en nuestra conversación en La Habana: el común de esa juventud ahí reunida parecía ser el desencuentro esencial con el futuro, un tono un poco de derrota. No se hablaba mucho del Cambio, así con mayúscula; se anhelaban sobre todo los cambios, de dimensiones más alcanzables.

Me quedé con la sensación de que nos urge una nueva historia que contarnos. Y personajes que la impulsen. Y una juventud que luche por las Palabras con mayúsculas; las minúsculas son más propias de los que ya son conscientes de sus límites. ¿O será que hemos formado juventudes ancianas?

De regreso a mi país, echo un vistazo a lo que aquí sucede: otra rebatinga en torno al paquete fiscal; asesinatos de más periodistas; movilizaciones a raíz del conflicto con el sindicato de los electricistas; ejecuciones de criminales; nuevas cifras de desempleo; inundaciones con sus fatalidades; pero también incipientes movimientos ciudadanos en defensa de sus derechos; una pujante escena cultural… mosaico propio de la complejidad de una sociedad como la mexicana. Se hace evidente, sin embargo, esta gran ausencia de narrativa: todo sucede como en episodios aislados, y por ello carece de sentido. Incluso, la así llamada por el gobierno federal “guerra contra el crimen”, no basta. Los medios de comunicación tampoco contribuyen: reducen con frecuencia los debates a la suma cero de ganadores y perdedores. Mientras, todos observamos desde la barrera.

“Más poesía, por favor”. Así titula su columna en el diario The New York Times, del domingo pasado, Thomas L. Friedman. Y le reclama a Obama que, a un año de haber asumido la presidencia de los Estados Unidos, no haya podido mantener viva la narrativa que inspiró su triunfo en la contienda electoral. Son muchos los frentes abiertos, dice Friedman: la reforma al sistema de salud, la situación económica y el desempleo, las modificaciones al sistema educativo, Afganistán, Irak. Para cumplir con esta agenda, apunta el columnista, se requiere de una sociedad motivada y de un espíritu de sacrificio compartido. Es ahí donde la narrativa se vuelve vital. No es un asunto de comunicación; es más, dice Friedman, el presidente es sobre todo un gran comunicador. Pero, y en su texto cita al politólogo Michael Sandel, “Obama necesita recapturar la poesía de su campaña para inyectar energía a la prosa de su presidencia.”

En México, periodistas, académicos e intelectuales han señalado también la falta de dimensiones narrativas y de horizontes épicos del momento en que vivimos. Hay quienes, incluso, afirman que la que hoy nos gobierna es “la generación del fracaso”. Si es así, diría que todos debemos asumir la parte que nos toca. Y vernos en el espejo de lo que hemos construido.

Mientras estuve esos días en La Habana, se me rompieron mis anteojos. Y me fue imposible lograr que los arreglaran. Eso, y la desconexión obligada dado lo inaccesible, aun para turistas, de Internet y otras formas de comunicación a las que nos hemos acostumbrado en otros países de este Siglo XXI, me llevaron a relacionarme de otra forma con mi entorno más inmediato. Un sentido disminuido, en este caso mi vista, obliga a los otros a afinarse. Y tuve más tiempo para escuchar y para palpar. Hay historias que aún resuenan en los callejones habaneros; pero es sobre todo el eco de lo que quiso ser.

Terminó la tertulia y se apagó el concurso de miserias: nadie había ganado, claro, y nadie estaba particularmente satisfecho con el tono que había adquirido la noche. A pregunta expresa, los estudiantes ahí reunidos no supieron contestar bien a bien cómo se veían en el futuro. Expresaban más el deseo de contar con las coordenadas que los guiaran en esta incertidumbre. Pensé que si de algo pudieran servir los ya muy próximos festejos en varios países latinoamericanos por los bicentenarios y centenarios de independencias y revoluciones, sería para obligarnos a articular una historia diferente, para elevar nuestros horizontes. Pero eso será tema de otro texto. Por ahora me quedo con esa tarde de cervezas en La Habana, en la que intuí que en una de esas estamos formando a jóvenes ancianos.

 

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