¿CUÁNTO NOS VA A DURAR LA IRRITACIÓN?

Carlos Fuentes, tras el último Foro Iberoamérica, convoca a reconocer la diversidad y a “ser lo que somos gracias a las diferencias que nos distinguen”. Y en una entrevista publicada en La Nación argentina, Tzvetan Todorov recuerda que “los totalitarios se nutren con la noción de enemigo. Y cuando no hay nadie más para ocupar ese sitio, se coloca allí a la gente que se viste o que baila de manera diferente, que cuenta historias que hacen reír, que es insolente con un superior o con un policía”.

Vaya complicación ésta de lidiar con la diferencia: de ser, de opinión, de estar. Los ejemplos se agolpan, y la ausencia de un discurso sostenido favorece la multiplicación de los campos de batalla.

Momento 1. Poco faltó para que el reclamo cediera a la agresión verbal. La ocasión: un panel que me tocaba conducir. El tema: rol de los medios de comunicación en el fortalecimiento de una cultura de la solidaridad. El público: directivos y colaboradores de todo tipo de asociaciones filantrópicas. Los expositores: representantes de reconocidos medios de comunicación impresos, electrónicos e interactivos. En principio, el escenario pintaba amable y evidente el interés de la audiencia por escuchar a los presentes. Hasta que abrí el micrófono a preguntas u opiniones del respetable. Y se le fueron a la yugular a los medios de comunicación: “ustedes nunca dan espacio a otras historias o noticias”, “han hecho de la ridiculización de las personas con capacidades diferentes una recurrencia”, “no logramos que difundan nuestro trabajo”. Parecían estarse dando cuerda, al grado que entre los reclamos de unos y las justificaciones de otros, lo que ahí vivíamos se estaba transformando en monólogos de trinchera, un claro “ustedes” y “nosotros” que sólo la buena voluntad e inteligencia de los presentes logró evidenciar y superar -por el momento.

Momento 2. Con miras al 2012, Andrés Manuel López Obrador, quien perdiera las elecciones frente al hoy presidente Calderón en 2006, presenta en la plaza pública, su ágora de la Capital mexicana, los diez postulados básicos para replantear el rumbo económico y político del país. Uno de ellos reza: democratizar los medios masivos de comunicación porque “es inaceptable que un pequeño grupo posea el control de la televisión y de la radio, y administre la ignorancia en el país en función de sus intereses”. Hubieron quienes aplaudieron a rabiar y otros que rabiaron a morir. Cierto, no es nuevo el planteamiento, ni original: la reciente legislación sobre medios en Argentina (llamada por algunos la “malvada” Ley K) establece, entre otras cosas, un control sobre el alcance de la propiedad de los medios de comunicación y la obligatoriedad de la inclusión en ellos de la diversidad de voces de la sociedad argentina. Pero también ahí las reacciones fueron viscerales. Como siempre, no hay encuentro posible entre las diferencias, porque desde la revancha unos contaminan el legítimo deseo de democratización de la comunicación, y desde la soberbia otros anulan siquiera la posibilidad del debate.

Momento 3. Algunos articulistas y medios de comunicación (a través de sus espacios editoriales), se hacen eco en estos días de las voces preocupadas por la queja reiterada en todos los sectores de la sociedad mexicana. Dicen, y les asiste en algo la razón, que eso de quejarse sin proponer se ha convertido en una especie de pasatiempo favorito, que no es constructivo porque se consume en sí mismo. Agreguemos a esto la evidente piel delgada de algunos funcionarios que no soportan la exposición pública (y menos si es internacional) de los problemas que aquejan al país ni el cuestionamiento de las decisiones tomadas, y nos comenzamos a meter en terreno jabonoso. Porque de la muy entendible duda sobre la eficacia de la queja perpetua, a la descalificación de la crítica por el daño que hace, hay un paso peligroso que huele a censura.

Y podríamos seguir con “n” cantidad de Momentos porque pareciera que la irritación es la marca de la casa. No soportamos la postura del otro y no estamos dispuestos a concederle la menor razón, aún cuando la tuviese. Y luego nos metemos en honduras cuando se activa el tema, polarizante como pocos, de la penalización del aborto en México; o ahora la discusión sobre el matrimonio entre parejas del mismo sexo en la Ciudad de México (que seguro le permitirá al diputado veracruzano Leopoldo Torres García agregar calificativos a su expresión de hace unos días en que definió al Distrito Federal como la “Capital del Aborto”).

Nos estamos entrampando en una lluvia de descalificaciones y en la necesidad de materializar al enemigo: los medios de comunicación, los políticos, el Presidente, el candidato -el que es, el que quiere ser, el que ya no pudo ser-. A veces da la sensación de que nos estamos atacando más entre nosotros que a quienes sí deberíamos estar combatiendo. Y entonces la crítica se vuelve impotente, dicen por ahí.

A todo esto, me quedo con Fuentes y la necesidad de saber celebrar nuestras diferencias, y con Todorov que no permite que olvidemos. Me quedo con el reconocimiento de la crítica como condición para el crecimiento, y con la convicción de que hay que evitar la estridencia. Porque, en verdad, ¿hasta cuándo podremos darnos el lujo de seguir tan irritados?

LEER ORIGINAL

Leave a Comment