Archive for febrero, 2010

CUANDO SOBRAN LOS JÓVENES

Decidió un día no crecer, y no le importó. O más bien decidió no crecer porque comenzó a importarle. A veces, ante la contundencia de la realidad sólo queda convertirse en escarabajo o aferrarse a un tambor de hojalata. Fueron las ficciones de Kafka y Grass en su momento; ahora nos toca construir las propias.

La provocación la lanzó el periodista Salvador Camarena en una columna de la semana pasada. Al revisar la situación de los millones de jóvenes que hoy en día ni estudian ni trabajan (la ya famosa generación de los ni-ni, como fue calificada hace años en España y otros países que reconocen el limbo simbólico y productivo en que están atorados estos muchachos), Camarena afirma que lo que parece estar sucediendo es que sobran jóvenes (todos esos que no encuentran ubicación productiva) o “sobramos los adultos que no hemos sido capaces de construir nuevas escaleras”; escaleras, sí, para que los que nos sucedan, avancen y transformen positivamente su entorno, su sociedad, sus perspectivas y, en el fondo, sus vidas. La pregunta que lanza Camarena no es inútil; porque si reconocemos que “nos sobran jóvenes”, debemos asumir el fracaso rotundo del proyecto social al que hemos apostado.

La manifestación más evidente de esta problemática es, sin duda, la de los millones de jóvenes, en México y allende, que no encuentran lugar en la educación formal (en sus diferentes niveles) y que tampoco tienen opciones laborales en un mercado retraído y transformado. Pero no se trata sólo de la falta de oportunidades, ésas tendrían solución. Lo más grave es la falta de sentido: cuando estudiar no tiene sentido, cuando esforzarse por un empleo formal no tiene sentido, y cuando el horizonte mismo dejó de tener sentido. Agreguemos un ni a los dos ya mencionados: la generación ni-ni-ni, o ni3, la que ni trabaja, ni estudia, ni le encuentra sentido. Esa pareciera ser la verdadera tragedia en que nos estamos sumiendo, porque cuando los que tradicionalmente han sido los encargados de refrescar y transformar su entorno -los jóvenes, los que vienen, los que toman la estafeta- no encuentran sentido más allá de la supervivencia, algo pudimos haber perdido de manera irremediable.

Unas palabras de Carlos Fuentes de hace unos días acompañan esta reflexión. En una conferencia, en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, en la que compartió apuntes sobre el futuro de la educación superior, Fuentes reparó en la necesidad de revisar el camino que va a tomar la Humanidad en el Siglo XXI, de reconsiderar la ruta que emprendemos. Y fue categórico, como lo ha sido siempre, al insistir en que nuestra Historia no ha terminado. Las dinámicas de la época en que vivimos y de las que se perfilan, nos obligarían a insistir, decía Fuentes y coincido, en la necesidad del continuo educativo, de reconocer que la educación nunca concluye. Habríamos, en este tenor, de retomar las Humanidades para redimensionar la dinámica global del conocimiento, para ser capaces de educarnos en la diversidad y para delinear nuestro bien más escaso: el porvenir. Pero, ¡alerta!, cuando hemos orillado a los reales y deseables sujetos de la educación y los hemos colocado frente a un mundo que no sienten suyo, resulta ocioso insistir siquiera en la pertinencia de este continuo educativo.

Oskar Matzerath decide no crecer. Punto. Consciente de lo que pasa, lo que fue, lo que podría llegar, se aferra a su cuerpo de niño y a un tambor de hojalata, rojo y blanco. Ruido, ruido, ruido. Le provoca hacer ruido, o su particular música metálica, para evadir, entender, recordar y narrar. Desde las dimensiones inferiores de la escala humana lo ve todo, el autoritarismo que se infiltra en esa Europa, la descomposición de individuos, familias y sociedades. En fin, lo que ya sabemos. Günter Grass en su novela, Volker Schlöndorff en su película: ese Oskar, eterno niño-adulto por decisión propia. Porque hay veces que el sinsentido termina siendo sólo absurdo.

A todos nos toca nuestra parte en esta tragedia de los “jóvenes que sobran”. Ya reconocimos que la educación, por muy continua que la hagamos, dejó hace mucho de ser un mecanismo de ascenso social. Por lo tanto, no se trata sólo de tener más espacio para que todos puedan estudiar, sino de revisar lo que estamos estudiando y cómo. Ya reconocimos la transformación esencial de instituciones, como la familia, que ha modificado también el sentido de futuro, de esperanza, hasta de nación. Vaya, que tenemos bastante diagnosticado el embrollo. Lo que nos toca insistir es en que la solución no es sólo técnica. Lo que más hace falta es que seamos capaces de inventarnos una historia para que incluso estas soluciones técnicas tengan sentido. De diseñar nuestras ficciones, de construir otras escaleras. En palabras de Fuentes, urge que revisemos el camino que la Humanidad va a tomar en este Siglo XXI que se nos está acortando. Porque como bien nos recordaba Camarena, esos jóvenes que sobran son presa obvia y fácil para las historias que sí están ganando: las del crimen organizado, las de la informalidad inmediata, las de…

¿Será que un día nos daremos cuenta que otra vez permitimos que los que nacen decidan no crecer, y que ya no les importe? Ahí estarán, pedirán su propio tambor de hojalata y a golpe de un ratatatatata continuo y penetrante evidenciarán lo que dejamos de hacer, ratatatatatata. En fin. Son imágenes que llegan desde el XX e interpelan al XXI, siglo que debemos forzarnos a revisar antes de que decida terminar.

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JAVIER AGUIRRE Y EL “MÉXICO QUE SE JODIÓ”

La ecuación es casi predecible: ‘personaje público y popular’ + ‘declaración controvertida’ = ‘escándalo seguro’. El respetable se alborota, la comentocracia se desborda: las pasiones nunca se hacen esperar.

Revisemos lo sucedido. Javier Aguirre, otra vez entrenador de la selección Mexicana de Fútbol (y en su momento del Osasuna, del Atlético de Madrid, del Pachuca, etcétera), habló, tocó fibras y nos obligó a vernos en diferentes espejos.

En una entrevista, hace unos días, para la Cadena SER, Aguirre comentó la situación de inseguridad que se vive en México; contundente, soltó un repetido “jodido” para calificar lo que aquí se vive (las inundaciones, puntualizó, pero sobre todo la delincuencia y la violencia); matizó al declarar “¡hombre!, no es Haití”; se refirió a la supuesta tranquilidad de hace décadas, cuando los malos se mataban entre ellos, pero dejaban en paz a la sociedad; y sentenció que al terminar el Mundial 2010, regresará a Europa, como sea, porque vivir en México “¡no!”. Habló también de la Selección mexicana para ubicarnos en la realidad de sus alcances. Y, bueno, de la radio española a los medios mexicanos: el trecho terminó siendo corto para encender la mecha de las pasiones.

Reacciones ha habido muchas. Entre las airadas están desde quienes mientan la progenitora de Javier Aguirre, le exigen que se largue ya, lo tildan de malinchista (genérico para nombrar al mexicano que ama lo extranjero), le recuerdan que de por sí hace mucho no vive en el país (reside en Miami y parte de su familia en España), le restriegan los millones que recibe, y un montón de linduras más. Entre quienes se dedican al turismo salen reclamos contra Aguirre: “sus palabras no ayudan a reactivar la imagen del país, ¡joder!” (ésta se convierte en la palabra de cambio).

También hay reacciones de apoyo, o que secundan lo dicho: voces que reclaman la hipocresía de quienes se enojan (“¡a poco no todos nos iríamos de México si pudiéramos!”). Un estudiante recuerda una conferencia de hace algunos meses en que un profesor preguntaba quiénes se irían de México si pudieran, y sólo dos personas no levantaron la mano. Algunos reconocen la sinceridad de Javier al expresar lo que tantos sienten. Por ahí otro más sentencia: ¡ya vámonos todos, el último que apague la luz! Y sí, otro montón de linduras más.

Javier Aguirre es un personaje que me cae bien, por sus logros, sin duda, pero sobre todo por su forma de ser: directa, casi bronca. Y sin duda lo que dijo en la entrevista radiofónica refleja no sólo lo que muchísimos mexicanos sienten o piensan, sino también algo de lo que sucede en el país. Yo misma, en éstas y otras páginas, he sido profundamente crítica con el rumbo que está tomando México, con la violencia que se nos contagia a diario. No puedo negar la tragedia de los millones de jóvenes que han visto cancelado ya no su futuro, sino el presente mismo, ante la imposibilidad de trabajar o estudiar. Sigo señalando el peligro que implica la polarización extrema (en temas políticos, sociales, morales) que se atiza a la menor provocación. Recuerdo las tareas pendientes en materia de calidad y cobertura de la educación, de densidad y participación ciudadanas, de democracia comunicativa, de reconocimiento y celebración de las diferencias. Temo la embestida conservadora que se deja sentir cada día más y amenaza con cancelar los avances logrados en reconocimiento de derechos. En fin, yo misma podría decir que mucho de lo que pasa en México ¡está jodido! (para ponerme a tono con la expresión en turno). Pero algún prurito me recuerda que, con todo, Javier Aguirre es Javier Aguirre, entrena a la Selección Mexicana y sus palabras tienen el peso de su innegable proyección simbólica.

No hagamos, sin embargo, una tormenta en un vaso con agua. Más allá del tono un poco condescendiente y de cierta arrogancia, con que Aguirre dijo lo que dijo -chocante para nuestra a veces muy delicada sensibilidad nacional-, y sí, sin olvidar que hace menos de un año acompañó al Presidente Calderón en el lanzamiento de la campaña Vive México para reactivar la industria turística mexicana, reconozcamos que en lo dicho se reflejan verdades y percepciones que son las que debemos atender. Nombrar las cosas no implica crearlas, si acaso hacerlas visibles. Y no nombrarlas tampoco implica desaparecerlas, si acaso reprimirlas.

Cuando los famosos hablan, las palabras resuenan. Recordemos el escándalo de hace apenas unos días, al twittear el colombiano Juanes una especie de clave del supuesto Blackberry del venezolano Hugo Chávez (ingeniosamente encriptada como H1J0D3PU7A). La herida fue tal que incluso a los simples mortales que en algún momento re-twitteamos el episodio, nos fue como en feria. Por eso las palabras y el tono de Javier Aguirre importan. Por quien es, por lo que representa y porque lo que vivimos en México no es juego de niños: es una realidad dolorosa y sentida. Aunque si lo expresado ayuda a que se acentúe la conciencia de que somos los mismos mexicanos los que debemos poner manos a la obra y seguir trabajando para que los intríngulis se desanuden y los escenarios se clarifiquen, bienvenido sea.

Lo sé, lo sé… suena ingenuo esto último que escribí, pero, ni modo, soy de las que quieren seguir viviendo en México, con todo y lo que se jodió. Así que, Javier, muy a la mexicana: ¡no nos ayudes compadre! O, bueno, ayúdanos un poco más.

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DE TARDE POR NUESTRAS FRONTERAS

Cuando llegas a Ciudad Juárez lo primero que debes hacer es sacudirte el peso de las palabras. Y encontrar otras. Llegas con la sensación de estar pisando terreno minado. Luego te das cuenta que no es así, para al final aceptar que siempre lo fue.

Algo de hip hop y rap colorea nuestras historias. Para comenzar. No todo es la tradicional música norteña. O la electrónica. Neggro Azteca nos abraza, de a poco, con un gemido musical que recorre desde las mujeres asesinadas a los jóvenes acribillados. “No llores, linda Ciudad de Juárez, ay amor, por favor no llores”. Otros: Akil Ammar, Boca Floja… contarlo, cantarlo, para exorcizarlo.

Fui a Juárez en días pasados, para ver, oler, palpar lo que nuestra lectura centralista no siempre permite. El análisis de gabinete es bueno, hasta que se topa con la realidad. A todos -quiero imaginar- indigna el reciente asesinato de jovencitos reunidos para festejar. Como a muchos ha indignado el continuo asesinato de mujeres en esa misma zona del país. Había leído sobre todo esto, escuchado testimonios, visto películas; reconozcamos, en días pasados nuestros medios se han volcado sobre Juárez, al grado casi de la saturación. Por eso justo había que ir. Enclavada en mi Centro, y entre tanto ruido, Juárez se me hacía cada vez menos aprehensible.

Esos minutos antes de aterrizar, a veces lo son todo. Desde el avión, a ojo de pájaro, el mundo todavía es inocente. Luego te vas acercando, y acercando. Aterrizas. No hay vuelta atrás. La primera imagen: una ciudad más, viva, activa. Es enorme, sí, porque se extiende. Lo único que contiene la mirada es la Sierra de Juárez. Recibe un clima extremoso, sol a plomo y un viento helado. Es seco, lo sientes de inmediato en la piel. Ya había experimentado esa sensación antes, en recorridos por otros parajes de Chihuahua. Lo diferente en tal caso es la ausencia casi total de verde: Juárez es sobre todo arena y tierra. Los desiertos siempre nos ponen a prueba.

Si vas a Juárez, habla mucho con su gente. A eso me dediqué en estos días, a caminar, a recorrer, a hablar con los juarenses. Jóvenes, estudiantes, padres de familia, el vendedor ambulante de comida local, transportistas; mucha amabilidad y más ganas de conversar. Ya decíamos, hablar es exorcizar. Las encuestas nos habían dado el dato duro: 7 de cada 10 juarenses, según Demotecnia, sienten que a las autoridades el asunto del narcotráfico se les está yendo de las manos, y más de la mitad de los encuestados dice haber modificado drásticamente su forma de vivir para adaptarse a ese estado de peligro constante. Los números hablan de miedo; pero verlo en los ojos de tu interlocutor no tiene comparación.

El taxista que reconoce haber mudado a toda su familia a la habitación de atrás de la casa, para que haya suficientes paredes de por medio en caso de que comiencen las ráfagas. El padre que lee al aire en una radio un poema que le escribió al hijo asesinado. El estadio de futbol que se quiere sentir festivo, con los policías y militares en la puerta. La hilera de restaurantes y bares cerrados, uno tras otro: desierto urbano donde solía haber fiesta continua. Las mantas colgadas en los muros de la universidad: jóvenes que claman justicia, casi por piedad.

Aprendo algo nuevo: Juárez era conocida también por sus clínicas dentales. De Estados Unidos llegaban los pacientes a tratamientos odontológicos, más baratos. Hoy, muchas de esas clínicas, que en algunas calles están una junto a otra, están cerradas o porque dejaron de venir los gringos o porque los médicos, de todo tipo, comienzan a emigrar. Un señor, que se acerca a conversar, lo resume así: en Juárez o te mueres por las balas o te mueres de miedo.

Pero, seamos justos. Está también la líder social que lucha a contracorriente para que haya escuelas y guarderías. Las agrupaciones que no se olvidan de las mujeres asesinadas y sus familias. La muy buena carne asada, las letras locales, la conciencia de voz propia. El Centro Cultural Universitario, con un espléndido teatro y librerías y jóvenes. Una sociedad civil activa, casi heroica, conocedora de su situación, que le puso cara al ministro del Interior, porque no, no deben ser los juarenses los únicos regañados: es México y el mundo, que volvieron convenientemente la mirada mientras se imponía un modelo económico con resultados inmediatos, pero con terribles, terribles consecuencias sociales y culturales. Sí, los hijos de la maquila, aquellos que crecieron solos mientras sus madres, o padres, trabajaban de tiempo completo. Se suman factores: no es sólo el crimen organizado, no es sólo la condición de ciudad fronteriza y de paso del Norte, no es sólo la sociedad desintegrada. Es todo junto, y un poco más.

La imagen que más se graba: parada en medio de un lodazal, rodeada de casas a medio construir, se tiene de frente el paisaje urbano de El Paso, Texas, paradójicamente una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Casi se pueden tocar los edificios ricos, limpios, arrogantes. Y no puedes evitar preguntarte si lo de este lado tendrá solución alguna.

Decía Eugenio Trías que el ser humano se puede considerar habitante de la frontera, ni de aquí ni de allá, ni animal ni dios, sino fronterizo o con la cualidad de centauro. Es el límite que define. Y Juárez no es sólo frontera geográfica. Es ya frontera humana, espiritual. Es frontera del lenguaje, porque necesitamos sinónimos para nombrar el miedo.

No quise hablar de política, de las rebatingas de gobiernos, de la lucha armada. Quise hablar con la gente. Y dejar que el gemido musical de Neggro Azteca, “no llores, por favor no llores”, siguiera en su caricia. Caminar estos días por Ciudad Juárez fue estar de tarde por nuestras fronteras, de los que de ahí son y de los que llegamos por un rato. Tendré que regresar.

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UNA PAPA EN LA VAGINA

Dime, Señor, y la violencia, ¿con qué palillos la atajamos?

Fausta lo vio y lo vivió todo. El horror del terror. Sin decirlo; pero tampoco hacía falta. Ese Perú que se volvió inenarrable. Porque así es la violencia. Un Perú que se manifiesta en algunos silencios. Y en esa papa (o patata) incrustada en la vagina: una forma de protestar y defenderse de las múltiples violaciones, reales y simbólicas. Quien habla es La Teta Asustada, película peruana que acaba de ser nominada al Óscar como Mejor Película Extranjera. Obra de Claudia Llosa, con la extraordinaria actuación de Magaly Solier, como Fausta: mujer tan dura, pero tan dura, que devela su dulzura. No puede de otra. Porque así también es la violencia. El problema es cómo retratarla. O digerirla. O acomodarla.

Le he dado vueltas al asunto. Dicen que la papa, o patata, es menos nuestra que del Perú. México, en su imaginario, es más del maíz, del chile, o del chocolate (aunque tengamos papas). ¿Qué símil nos serviría para hablar, sin nombrarla, de la violencia que vivimos? Porque articularla ya no tiene sentido. La acumulación de muertos es sólo un número; la tragedia está en otra parte.

Termina enero, 2010. Año que se pretende de festividades para recordar la Independencia que nos distinguió y la Revolución que nos encaminó. Pero, como que la fiesta no llega. Sólo este fin de semana fallecieron 16 jovencitos en un ataque artero en la ya marcada Ciudad Juárez, allá en el Norte del país. Según cuentan los que todavía pudieron contarla, llegaron unos, separaron a las mujeres de los hombres (que se note, la fiesta en la que estaban era en territorio “seguro”: las casas de los implicados, pues), y comenzaron a disparar. Fueron cayendo, los más jóvenes de 13, los mayores… Dicen unos que esos muchachos estaban reunidos en casas particulares, festejando algún cumpleaños, porque era más seguro que ir a un bar. Dicen otros, entre ellos la versión oficial, que se trató de un ajuste de cuentas entre bandas juveniles. Como si esta última explicación nos debiera provocar un suspiro de alivio: si fueron bandas rivales, y yo no pertenezco a ninguna, estoy a salvo. Pero una ecuación tan simplista no parece hacerle justicia a la realidad. ¿Se trata, como dice El Paso Times, de la banda Los Artistas Asesinos? ¿O eran sólo unos jóvenes reunidos para festejar? Qué necesitados estamos de ubicarlos en algún extremo del continuo social. Sobre todo, para diferenciarnos.

Se suman las preguntas: ¿nadie se dio cuenta?; un convoy de varias camionetas que llegó al lugar, ¿no llamó la atención?; los ahí reunidos, y asesinados, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?… ¡¡aagghh!!!…

Este mismo fin de semana, un poco más al Sur de ese Norte enfrentado, en Torreón, fallecieron varias personas, acribilladas. Unas en un bar, otras en la calle. Unas culpables (¿de algo?), otras inocentes (¿por default?). Los números ya casi no importan, porque las cifras nos encuadran la tragedia. Pero lo cierto es que enero, que acaba de terminar, nos dejó más de 900 muertes violentas, ligadas a la lucha en contra del crimen organizado, en territorio nacional. Si los números no importan, ¿qué hacemos con esas centenas de muertes?

Oiga, seño (muy mexicana expresión para no decir ni señorita, ni señora); deje de hablar mal de México. ¡¿Qué no ve que espanta a los que se quieren acercar?! Ooohhh. ¡¿Qué no le enseñaron que la ropa sucia se lava en casa?! Oiga, señor (muy mexicana expresión para manifestar distancia y diferencia), yo no hablo mal de México. Al contrario, busco en la palabra compartida, entenderlo. Porque me importa.

2010 nos pone a prueba. La violencia en el país se acentúa, sea en los ejemplos ya mencionados, o en otros que se articulan. También es año de redefiniciones. De alianzas partidistas, de elecciones, de tentaciones de regresar a donde alguna vez estuvimos mejor (¿será?). Es año de afirmación de individualidades, de manifestación ciudadana. Es año de vivir México en su dimensión más fascinante. Justo por eso toca tocar lo doloroso. Toca tocar. Porque lo doloroso hace mucho nos toca a cada uno.

Fausta, con su rostro de arcilla segura, le teme a una sola cosa: al otro. No a la madre, que se funde en ella misma; no a la familia que es una continuación, si bien defectuosa. Le teme a ese otro, que al parecerse se vuelve peligrosamente distinto. Por ello cultiva la papa en su vagina, la protege, y se protege. ¿Y nosotros? ¿Nos toca envolvernos en una mazorca para contener las ráfagas? ¿Nos toca escondernos en el maguey para espantar las malas vibras? ¿Nos toca hacernos crecer alguna mata de chocolate, maíz, chile, para proteger los espacios que permiten la violación de la intimidad? Toca tocar.

Me dio mucho gusto que La Teta Asustada fuese nominada al Oscar; si no por otra cosa, para que se mantenga viva más tiempo. Ya sabemos cómo funcionan los ciclos de exhibición y distribución de nuestra cultura mediática. Y me da gusto no sólo porque se trata de una buena película, bien narrada y escenificada. Sino porque en su expresión nos provoca, y nos obliga a vernos en el espejo. Ciudad Juárez está tan lejos de Lima como lo está en realidad de la propia Ciudad de México. Pero en su esencia, el dolor nos toca a todos. Y si no podemos incrustar la papa (o patata) en la vagina, podremos por lo menos ir pensando en formas propias de repeler el dolor violento.

O, si no Señor, ¿dime con qué palillos atajo lo que se va?

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