Archive for Marzo, 2010

SER JOVEN, Y NO MORIR EN EL INTENTO

Sólo imaginar que las universidades se conviertan en fortalezas blindadas para evitar que sus comunidades sean agredidas me pone los pelos de punta. Es el peor regreso a lo más hermético de las Edades oscuras.

Cayeron acribillados. Todavía nadie dice bien a bien de quiénes fueron las balas. Pero ahí quedaron; lo más que sabemos es de un twittero: se escucharon ráfagas, balazos, quejidos. Luego salieron las autoridades académicas a explicar lo inaceptable. Era una universidad, y era ese México que sigue entregando cuentas de sangre. Monterrey, Nuevo León, nos dejó estampas de horror este fin de semana: avenidas bloqueadas por maniobras espectaculares a manos, aparentemente, del crimen organizado; balaceras cruzadas y civiles caídos. La muerte, y violenta, siempre es absurda. Cuando es joven, es además trágica.

Aceptamos gustosos el cliché, casi de película romántica: la juventud, tiempo de aprendizaje, de descubrimiento, de energías, de locuras. Esa pausa que impusimos al paso más denso de convertirnos en adultos. Alargamos la adolescencia y profesamos devoción por todo lo que a joven nos sabe: irreverencia, insolencia y, más llano, hambre por comerse al mundo. Sí, nos gustó esa parte de nuestra historia. Cuando se es joven, el único límite debía ser la imaginación. Pero es claro que las películas románticas existen sólo el tiempo que nos dura la fantasía. Y en México, a muchos parece habérseles acabado esa fantasía incluso antes de vivirla.

En lo que va del año, que apenas son pocos meses, han sido decenas ya las muertes de civiles en episodios ligados a la guerra en contra del crimen organizado que emprendió el gobierno del presidente Felipe Calderón. A principios de año nos sacudió la muerte de 15 jóvenes estudiantes, en una fiesta en Ciudad Juárez. Luego vinieron otros, sacados de fiestas, bares o reuniones, en diferentes ciudades del Norte del país. Apenas este fin de semana supimos que Javier Francisco Arredondo Verdugo y Jorge Antonio Mercado, destacados estudiantes de posgrado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, en la sede que está en esa ciudad, murieron atrapados en un fuego cruzado que aún no queda del todo claro. Y en estos últimos días han sido otros. A la tragedia siguieron los infortunios declarativos: así como a los jovencitos de Ciudad Juárez se les colgó de inmediato la medalla de “pandilleros”, para justificar o matizar lo ocurrido, así a estos estudiantes en Monterrey se les ubicó en el genérico de “sicarios”. Tuvieron que salir las voces de la comunidad, los familiares y las autoridades académicas en uno y otro caso, para que se supiera que los jóvenes asesinados si de algo habían pecado, era de creer que podían festejar en una casa, o caminar de noche en las inmediaciones de su centro de estudios.

Ahora sabemos que varias universidades en las zonas más afectadas por la inseguridad ligada a la guerra en contra del crimen organizado van a reforzar sus medidas de seguridad. Ya de por sí, en algunos lugares el crimen común había obligado a los centros educativos a revisar sus mecanismos de acceso y permanencia en las instalaciones. No en todos, gracias a Dios. Todavía es un placer deambular por los jardines abiertos de la espléndida Ciudad Universitaria ubicada en la capital mexicana, o recorrer las instalaciones de muchos centros universitarios en las ciudades del país menos afectadas por la inseguridad. La Universidad es también apertura del espacio; pero cerrada, clausurada, restringida sólo a los propios, padecerá la pérdida del conocimiento que brota de la interacción espontánea. Si esto se generaliza en las instituciones de educación superior de las zonas más conflictivas, habremos creado otros guetos más: las sociedades que encierran a los suyos, perdieron el horizonte.

Paso estos días algunas jornadas de trabajo con estudiantes de todo el país, reunidos en la Mérida yucateca. Ciudad apacible, hermosa, cálida. Cuesta trabajo desde acá creer que esos otros Méxicos también existen. Los estudiantes se sienten libres, y liberados. Pero cuando el Secretario de Educación, al hablar de que la transición mexicana ha sido relativamente tranquila, utiliza la expresión “en México vivimos una democracia sin balazos”, más de uno se estremece. Aún entre los jóvenes universitarios, alegres y entregados, y desde esta Mérida menos atribulada, la afirmación cala. Porque todos saben que hace unos días asesinaron a dos de los suyos, allá en Monterrey. Y porque todos saben, punto.

Así como la sociedad civil se ha movilizado en otros momentos recientes de la historia mexicana para promover participación ciudadana y reclamar justicia, así esperamos que en este terrible y reciente caso en Monterrey no gane el miedo, y se articule la exigencia de un orden democrático y tolerante. No son sólo los dos jóvenes asesinados, es el caos que puede imperar en una ciudad, son las declaraciones de autoridades que sólo buscan señalar culpas ajenas, es la impotencia ante la indefinición, es la incontinencia informativa que no conoce límites. Y sí, son las balas que asesinan.

Las universidades debieran ser espacios abiertos, no fortalezas enclaustradas. Ser joven no debiera implicar la muerte como horizonte. Y México tendría que encontrar muy pronto algún camino para sacudirse la retórica del miedo.

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¡Y QUE SE ENOJA OBAMA!

Decía en los 60 ese grande que es Bob Dylan: cuando estás perdido en la lluvia de Juárez y además es Pascua, tu gravedad falla y ni la negatividad te ayuda como resorte, no te des aires de grandeza. Hasta aquí Dylan, yo agrego: por piedad, no te la vayas a creer.

“Tenían que matar a tres gringos para que se dieran cuenta que el problema es enorme en Ciudad Juárez.” Suena injusto, suena duro, suena cruel. Y lo es. Pero comienza a enclavarse la percepción. El ciudadano de a pie, los opinadores profesionales, muchos más. Hay de muertes a muertes, dicen unos. No valen todas igual, coinciden otros. Para algunos las muertes que importan ayudan, porque atraen la atención; para los más sólo evidencian el “desprecio oficial” ante una situación evidente.

Domingo, que además era de periodo festivo. Pero la violencia no concede tregua en México. Decenas de asesinados en Acapulco, ese balneario del Pacífico legendario. En un fin de semana en que las playas mexicanas suelen recibir a hordas de adolescentes tardíos que escapan de sus rutinas estadounidenses para celebrar la pausa de la Primavera; en ese espacio, decenas de muertos. Cierto, alejadas del jaloneo turístico; pero tampoco Acapulco es metrópolis extendida, ni las noticias quedan acotadas a sus entornos inmediatos. Todos nos enteramos de todo, porque la sangre vende y las muertes se provocan para comunicarlas. Así es. Hasta ahí, y sé que sueno cínica, todo se mantenía en el ámbito local.

Por la tarde cambiaron las cosas.

Tres personas, una de ellas además embarazada, mueren acribilladas en Ciudad Juárez. Pareciera noticia común; salvo por un detallito: son estadounidenses o vinculados al Consulado de ese país en esa ciudad. Lesley A. Enríquez, Arturo Haycock Redelf y Alberto Salcido Ceniceros. Muertes lamentables, sin duda ni regateo; dramáticas como toda pérdida humana. En diferentes momentos, pero los tres mueren en lo que parecieran embestidas planeadas. La imagen que queda: una bebita de meses que llora en silencio, sentada, en el asiento trasero de uno de los autos baleados. El llanto silencioso del trauma innegable. Como si supiera que gritar no tiene sentido, y además es peligroso.

Lunes siguiente. La prensa mexicana se hace eco del hecho y las reacciones. Salvo excepciones, todos coinciden: Obama está indignado, pero sobre todo enojado. Porque sí, el Presidente de Estados Unidos, desde el mismo domingo, externó su indignación; la canciller Clinton, lo secundó; los medios estadounidenses pasaron de reportar como cotidiana la violencia en ciertas regiones mexicanas, a lamentar la injusta muerte de los suyos. Me parece que tampoco debiéramos esperar otra cosa. México protesta cuando en Estados Unidos se va a ejecutar a algún mexicano; pero no hay una política expresa y constante de reprobación a la pena de muerte en aquel país. Las cosas duelen, en serio, cuando nos tocan. Mientras, sólo son noticia, referencia y, si acaso, horizonte para la toma de decisión.

En voz del presidente Calderón, México reprueba el asesinato de los estadounidenses y promete aclarar el hecho. Coincide además con la visita del propio Calderón a Juárez, aderezado por el “gazapo Power Point”: ante la sociedad civil juarense, el Secretario de Seguridad Pública presenta en láminas electrónicas las cifras que dan fe de la disminución de asesinatos, secuestros y actos violentos en Juárez. El mensaje quier ser claro: ustedes sentirán miedo, y ven muertos, pero en éste mi Power Point nos vamos acercando a un mundo menos rudo. Si no lo creen, el problema es de su percepción; la realidad real es otra. Eso sí, la condena a los asesinatos de los estadounidenses se mantiene; aunque por ahí se filtra el reclamo de Calderón: hay que ser corresponsables; no es sólo la guerra de México.

Reconozcamos: la muerte de ciudadanos de Estados Unidos era inevitable, tarde o temprano, dado el curso de los acontecimientos. Había, así nos vamos enterando, amenazas previas y desencuentros evidentes. La franja fronteriza es tan tierra de nadie y de todos, que mexicanos y estadounidenses comparten contexto, aunque no siempre destino. Pero, como en todo, la forma es fondo, los actos importan y los gestos denuncian. Así como la prensa mexicana casi parecía asustada por el enojo de Obama -como cuando algún padre nos descubre en acto indebido-, así el gobierno, desde su Presidente, mostró una sensibilidad frente a las muertes ajenas que no había manifestado ante las propias. Por eso los comentarios recurrentes: “tenían que matar a tres gringos para que se dieran cuenta que el problema es enorme en Ciudad Juárez.”

Ahora las autoridades, sólo están paradas ahí, y fanfarronean. ¡Cómo chantajearon al sargento de armas hasta que abandonó su puesto! Y se ensañaron con Ángel, recién llegado de la costa, quien se veía tan fino de primeras, y terminó lo más parecido a un espectro. Sí, sigue siendo el Dylan de los 60, y el andar perdido en Juárez.

Señores, los que toman decisiones y los que asesoran a quienes toman decisiones: no pretendemos que sean los salvadores de la Patria ni de enredos que llegaron de lejos. Sabemos que Juárez, Acapulco, Torreón…, son heridas de raíz profunda. Entendemos la reacción ante el enojo de Obama. Pero, por favor, no hagan sentir que hay muertes que importan más. Si el muy lamentable asesinato de los tres estadounidenses acelera la recuperación de los espacios públicos, pues habrá servido de algo. No será la primera muerte famosa o importante que impulse cambios. Pero hasta en esto debe haber consideraciones. Obama se acaba de enojar, sí; pero muchos mexicanos lo estamos desde hace tiempo.

Y ni Bob Dylan camina ya las calles de Juárez.

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¿PORNOGRAFÍA INFORMATIVA?

¿De veras necesitamos saber cuántas veces lo violó? ¿Dónde y cuándo? ¿Cómo disolvía el otro los cuerpos en ácido? ¿A qué olía? ¿Cómo quedó el reguero de sangre tras la balacera? Lo sé, no son preguntas nuevas. Pero es que tampoco hemos resuelto qué hacer con ellas.

Le han llamado pornografía informativa. El concepto no es mío ni es nuevo. Se lo escuché a Javier Darío Restrepo, colombiano de cepa e iberoamericano de vocación. Y luego a otros que lo tienen como referencia. Restrepo es de esos que entienden que los problemas aún cuando son locales, tocan las fibras que importan. Por eso es imprescindible. Pornografía informativa refiere al exceso en los detalles cuando se cubren actos de violencia. Como nos recuerda el periodista Mario Campos “en la pornografía informativa los detalles se magnifican, se destacan algunos aspectos sobre el conjunto de la situación y se hace de la noticia una puesta en escena.” Sí, una puesta en escena, que como tal implica acomodo consciente de elementos y dedicación concentrada en los efectos.

Lo que no sé es si a veces es necesaria. Me temo que sí.

La historia lleva tiempo, pero avanza a ritmo de las decisiones eclesiásticas. Hace años se comenzaron a ventilar las “otras vidas” de Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo (congregación religiosa, creada a principios de los 40 del siglo pasado, en México, pero con presencia e influencia en muchos otros países). Se supo primero de los abusos sexuales cometidos en contra de integrantes de la Legión. Con el tiempo, todo se volvió más sórdido. Primero mujeres y descendencia; ahora ha salido a la luz también el supuesto abuso sexual de Maciel en contra de algunos de sus hijos. Y digo supuesto porque las investigaciones están en curso.

En un reconocido noticiario radiofónico, en México, una mujer, que dice haber sido pareja de Maciel, y sus hijos develaron hace algunos días los abusos sexuales sufridos y el tormento de vida. No hay otra forma de calificarlo. Los espacios radiofónicos concedidos fueron extensos y los detalles proporcionados minuciosos. Uno de los hijos contó los cómos, los dóndes, los cuántos; poco quedó a la imaginación del escucha. Algunos medios impresos lo replicaron -de hecho, fue un semanario quien retomó en estos días la historia aludida. Al final de la semana pocos no sabíamos de lo sucedido. Las consecuencias ahí están: los abogados de estos hijos de Maciel, si bien reconocen el abuso sexual sufrido, anunciaron que se retiran del caso porque las revelaciones en medios de comunicación, de los pormenores de la investigación, habían minado el camino de la misma. Yerro también de la coordinación de las partes.

En espacios de convivencia social, incluidas las redes de Internet, las respuestas han estado a la “altura” de la polarización que un caso así conlleva. Defensas acríticas contra denuestos encendidos. No se podía esperar menos. Lo que algunos comienzan a cuestionar es si había necesidad de exhibir, mediáticamente, los detalles de la sordidez. Si el saber los momentos del abuso, los lugares, las especificidades, las maniobras, contribuye o sólo exalta, contextualiza o sólo magnifica. ¿Qué tanto necesitamos tocar los agujeros en la carne para creer en la crucifixión, de quien sea?

Soy de las que afirman que la contención del morbo es importante para diferenciar la calidad informativa. Cuando circuló, y se publicó, la fotografía del futbolista paraguayo, Salvador Cabañas, caído con una bala en el cerebro, en un bar de la Ciudad de México, sostuve que fue un exceso porque no aportaba nada. Cuando se publicaron las fotografías del cuerpo de Arturo Beltrán Leyva, supuesto narcotraficante abatido y vejado por quienes ahí estuvieron, sostuve que fue un exceso revanchista, impulsado por los peores motivos. Incluso los detalles con que se narran atrocidades, como las del “Pozolero” (S. Meza, hombre versado en el “arte” de disolver cadáveres para ocultar crímenes) sólo contribuyen a alimentar el horror, ese horror que paraliza.

Pornografía informativa, dirían algunos. Y coincido. Nuestras pretensiones civilizatorias debieran exigirnos la indignación frente a estas conductas periodísticas, a pesar del asco, estupor o rechazo que los hechos recreados pudieran provocarnos. ¿Somos capaces de poner límites?

Tocar a la Iglesia Católica nunca es fácil. Y menos en un país como México. La más reciente encuesta de Mitofsky, sobre la confianza de los mexicanos en sus instituciones, coloca a la Iglesia en primerísimo lugar: es en ella en la que se cree, a pesar de o precisamente por todo. ¿Cómo develar, entonces, algunos de sus secretos más turbios? ¿Cómo exhibir la perversión de uno de los suyos que, además, actuó en nombre de ella? ¿Cómo exigir la rendición de cuentas de una institución que sirve pero, sobre todo, se sirve?

Los detalles que hemos conocido estos días, de los abusos de Marcial Maciel contra los más suyos, debieran calificar como exceso, sí, como pornografía informativa. Puede ser, sin embargo, que hayan sido necesarios para resquebrajar aún más el monolito. Con todo, me preocupan las excepciones: tratemos de sostener nuestras pretensiones civilizatorias, o redefinamos nuestro quehacer comunicativo. No dejemos, claro está, que todo esto distraiga de lo esencial: el abuso sexual. Culpa y castigo a quienes lo merezcan. Ahí no hay negociación, aunque haya habido pornografía informativa.

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CERRANDO EL PAÍS HASTA NUEVO AVISO

¿Será que ya hicimos enojar a la Tierra? Es cierto, desatada la furia en aguas desbordadas o suelos que se mueven o volcanes que se explayan, se puede hacer hasta donde se puede hacer; ahí juegan las condiciones y las reacciones. Pero la cultura de la prevención debiera ser característica irrenunciable de las sociedades del Siglo XXI. Si no por otra cosa, porque ahora ya sabemos: releguemos a la ignorancia a calidad de escudo de otros tiempos.

En el lapso de dos meses, dos terremotos de este lado del globo. Magnitudes y dimensiones que habríamos querido evitar. Arrancó con Haití, siguió con Chile. Esos fueron los grandes, pero la tierra no ha dejado de moverse, ni de inundarse, ni de congelarse o derretirse.

Dice Antonio Skármeta, escritor chileno de voz presente, que la catástrofe, el terremoto, terminó anulando todo: conciertos, cines, partidos de fútbol. “Cerrado el país hasta nuevo aviso”, porque un episodio de esta naturaleza no sólo trae consigo destrucción y muerte, sino que trastoca la vida toda. Podría parecer frívola la preocupación por la cancelación de un partido de fútbol frente a las muertes o las desapariciones. Pero insistiré en que la dimensión de una tragedia, como la sucedida en Haití hace apenas unas semanas, y la muy reciente en Chile, con sus diferencias, se mide también por la forma en que impacta nuestra cotidianeidad.

La realidad híper comunicada en que vivimos nos tiene inmersos en testimonios, fotografías, videos, sonidos, más fotografías, muchos más testimonios. Pareciera que no hay minuto de estas tragedias que no se documente minuciosamente. En su momento hablamos de Haití; ahora, con Chile, tras ese espectacular movimiento inicial de 8.8 grados, sucedió lo mismo pero potenciado. A través de las redes sociales se supo de lo sucedido, se echaron a andar sistemas de búsqueda y localización, y las voces chilenas se daban ánimo ante la devastación. ¡Fuerza Chile!, circuló no sólo de boca en boca, a partir de la propia de la Presidenta Bachelet, sino que se convirtió en una especie de mantra. Y si bien las telecomunicaciones, como suele suceder en estos casos, se interrumpieron, hubo posibilidad de seguir, por ejemplo, las transmisiones en vivo de Televisión Nacional de Chile, incluso a través de una señal por Internet que aguantó la sacudida y las miles de personas conectadas. Una y otra vez se repite: vivimos en la época de las tragedias en tiempo real.

“Fue una impresión brutal, pensé que era muy difícil que sobreviviéramos. La sacudida terrible; yo había vivido el terremoto del 85 en México, pero sin duda este fue de una magnitud muy superior. Estaba yo en un séptimo piso, el edificio se comenzó a mover, a crujir, empezaron a caer botellas, libros por todas partes.” Es el escritor mexicano Juan Villoro, presente en Chile junto a muchos intelectuales, editores, escritores para atender diversos foros sobre Lengua y Literatura que debían celebrarse. Las voces de Skármeta y de Villoro son sólo unas entre muchísimas; pero recogen el miedo, la sorpresa, la indefensión, la incertidumbre que una vivencia de este tipo deja tatuada como marca de agua. Quienes hemos vivido, por ejemplo, cómo se levanta la tierra y se sacude y gime y se retuerce, en un movimiento que parece no cesar, esos dos o uno o medio minuto que se hacen eternos; quienes lo hemos vivido sabemos que nunca se te quita de la piel.

Por eso mismo habremos de insistir en que no podemos minimizar la cultura de la prevención. En el caso de México, muchos de los que hoy habitan en el Distrito Federal, por ejemplo, nacieron después de aquel sismo devastador de 1985. De los millones que hoy tienen menos de 25 años, pocos saben lo que significa que la Tierra se mueva brutalmente; que las paredes se doblen como gelatina; que el arriba pase abajo en un vaivén interminable; que se comiencen a desmoronar los techos, y los pisos; que, literalmente, ruja. Y mucho tenemos que hacer para estar mejor preparados ante una eventualidad que sabemos, puede presentarse. No sé si la Tierra esté enojada -diría Evo Morales que han sido las políticas neoliberales las culpables de los sismos como el de Chile-; pero ya no podemos sumirnos en la narrativa de los caprichos absolutos de una naturaleza que castiga. Suena bonito como proclama, pero no mucho más que eso.

Las autoridades del Distrito Federal, en México, decían hace unos días que organizar un macro simulacro, para retomar la cultura de la prevención ante los sismos, llevaría más de 4 meses. Pero los sismos sólo duran unos minutillos. ¿Cómo empatamos tiempos? Es cierto, en México es obligatorio que se lleven a cabo simulacros y se insista en los pasos a seguir ante un temblor, por ejemplo. Pero nos ha ganado la inercia: los últimos simulacros en que he participado, todos previamente anunciados, me permitieron ver a personas que con la lentitud del saber que lo que sucede no sucede, se movían a paso de un gallo sereno. Recordemos la adrenalina, el miedo, la parálisis, la histeria, la víscera que se activa cuando algo sucede de veras. ¿Estamos preparados?

Sí, cada vez más sabemos cómo comunicar en tiempo real las tragedias; pero seguiremos siendo protagonistas inermes de ellas si no nos tomamos muy en serio que tal vez la Tierra no esté enojada, pero sí que está viva y cambiante. “Cerrado el país hasta nuevo aviso” debiera ser, si acaso, título de una película hollywoodiense de domingo en familia. No más.

 

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