Archive for Abril, 2010

ARIZONA: GRACIAS, ¡MUCHAS GRACIAS!

Si una legislación restrictiva, incluso racista, logra catapultar un tema crucial a la agenda pública, que así sea. Por eso, ¡gracias, Arizona! Lograste lo que parecía perdido: reimpulsar el debate sobre la migración. Bueno, si ya hasta Shakira se movilizó…

Ay, Señor. ¡Tan lejos de la sensatez y tan cerca de nosotros mismos! Ni a Sartre se le habría ocurrido infierno más eficaz: encierra juntos a un gobernante en periodo electoral, un lugareño receloso, un ajeno impregnado de sospecha; y ya estuvo. No hay cultura que se resista.

Arizona, al sur de Estados Unidos. Jan Brewer, gobernadora, firma la controversial ley SB1070. Criminalizar al otro, al ilegal, conferirle a los poderes pretextos para detener al sospechoso. Culpar al que lleva en su carro a uno que no porta papeles. En fin, penalizar la presencia incómoda. Recuerda un poco a Steinbeck y sus Uvas de la Ira. Porque se trata de economía, de regulación de mano de obra, de miedos, de tiempos electorales, de un México que se le desbordó a Estados Unidos, de vidas, algo de esperanza, de patrioterismo, de recelo, de un Estados Unidos que se debate en su reconfiguración.

Solo voy con mi pena. Sola va mi condena. Correr es mi destino, para burlar la ley. Perdido en el corazón de la grande Babylon. Me dicen el clandestino por no llevar papel. Pa’ una ciudad del norte yo me fui a trabajar… Manu Chao, y sí, la visión que esquematiza. Pero también la que se manifiesta. Me dicen el clandestino por no llevar papel. El mundo del siglo XXI se explica por la movilidad y los flujos; pero no sabemos qué hacer con nosotros.

La reacción en México, a raíz de la aprobación de la legislación en Arizona, ha sido un poco la esperada. Se trata, a final de cuentas, de un Estado que colinda con el territorio nacional; hay muchos migrantes, legales y no. Y sí, una legislación que se basa en la sospecha, cala, duele, exhibe. De racista ha sido tildada en el mundo. Retórica encendida. La presidencia de la República, la Cancillería, legisladores, líderes de partidos, ONG. También en Estados Unidos: el mismo día, Obama twitteó la vergüenza sentida. Porque sí, toca indignarnos, pero en serio.

Me imagino en frecuencia videojuego: caminas por las calles, de arcilla controlada, calor de desierto; así es Arizona; caminas con calma, te acompaña el que es tu hijo (es videojuego, cada quien puede tener un hijo de temporada). Tu misión, clara: atrapar migrantes ilegales. La razón, evidente: estás harto. Sigues caminando, despacio, hace calor; tu figurín de videojuego suda. Tienes información: hay que detener al que es sospechoso. Moreno, de cuerpo compacto, huidizo. Cabello ralo, en fin. Igualito a ti. ¿A mí? Ni lo digas, yo soy legal. Avanzo. Ahí están, en la esquina. Conversan. ¿Cómo que conversan? Que corran, voy tras ellos. Puedo, me lo permiten. De eso se trata. El pequeño, que es tu hijo de temporada, te reclama: se parecen a nosotros, ¿no? NO. No se pueden parecer a nosotros. Si no, todo pierde sentido.

El debate que la aprobación de la Ley SB1070 ha traído consigo, en México y Estados Unidos, nos recuerda que no hemos resuelto un ápice de lo que significa ser ciudadano hoy. Nos quejamos del maltrato, con razón, sin reparar demasiado en la viga incrustada en el ojo propio. México no tiene una relación amable con sus migrantes, ilegales, ni con sus extranjeros: no nos gustan, les ponemos todas las trabas posibles. El extranjero en México nos funciona mientras aporta, pero que pronto se vaya a su casa. Eso sí, que no agredan a los mexicanos en Arizona. Aunque a esos mismos mexicanos los hayamos expulsado.

Regreso al videojuego. Camino las calles, polvo, escenario contradictorio. Tengo opciones, cambiar de escenario por ejemplo. Más al sur, que a los migrantes los tratan mal en donde sea. Un escenario en España, o Argentina, o Colombia, o Brasil… o más lejos, para hacerlo exótico. Que movimiento hay. Cosa de modificar el acomodo de mi pantalla. Al fin, sólo es un videojuego, ¿no?

Al llegar a Estados Unidos, de 14 años, sin más compañía que mi miedo y atrevimiento enormes, me enteré por experiencia personalísima de lo que es amar a Dios en tierra de gringos. A pesar de todo, poco a poco fui albergando un cierto sentimiento conciliatorio de lo que me rodeaba. Aún no acaban de contentarme muchas cosas; en parte por lo que yo pueda tener de prejuicioso, pues que en eso no sería fácil lanzar la primera piedra. Es Miguel Méndez, escritor chicano. Porque sí, es también asunto de horizontes. Recordemos la máxima: todos, todos, en algún momento somos extranjeros.

México tiene, ante el agravio de Arizona, una enorme oportunidad: asumir la voz cantante para revisar lo que sobre migración, y movimiento, debemos acordar. El peligro está en que nos gane el cortoplacismo, el enojo. La diatriba: ¡pinches gringos! Muy bien, ¿y luego?

De Manu Chao a Vicente Fernández: que para cantar somos buenos. Tal vez en mi tierra no se den las cosas como yo quisiera. Por eso mi hermano, norteamericano, crucé la frontera. Salí de mi patria, dejándolo todo porque fue preciso. Pero habrás notado, nada me he robado de tu paraíso. Hoy, migrante soy. Prefiero salir del videojuego. Y agradecer a Arizona: con tu reprochable legislación nos planteas una oportunidad. Falta ver que alguien desee aprovecharla. Para bien, claro está.

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LA CULPA ES DE LOS POLLOS, NO DE LOS CURAS

Todos debiéramos tener derecho a decir estupideces. Es casi condición humana; en alguna convención seguro está prevista. Pero hay que diferenciar la tribuna desde la que se rebuzna. Tenemos burradas que no pasan de ocurrencias, y las hay que al hacerle cosquillas al demonio, descubren las tripas de la intolerancia, la estulticia y algunas que otras trabas atávicas.

La joya más reciente la aportó el presidente de Bolivia, Evo Morales. Habló hace unos días en la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra. Reunión importante, porque hay que poner en la agenda algunos asuntos a retomarse a fin de año en Cancún, en la COP 16. Evo se lanzó con todo a favor de los alimentos ecológicos y contra los modificados genéticamente. Le llegó el turno al pollo, y no salió bien librado: “el pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres.” Así, ¿o más claro? Dicen las crónicas que entre los presentes hubo risas. A saber. Lo que sí, más de uno en este mundo debió quedar tranquilo. Reconocer que son los pollos cargados de hormonas los culpables de la homosexualidad, seguro provoca suspiros de alivio en quienes ven al demonio en esas “prácticas anti natura”: tan fácil como decapitar a cuanto pollo hormonado encontremos, y problema arreglado (falta ver cómo explicamos la homosexualidad de algunos vegetarianos, pero aquí no da para tanto). Luego Evo habló de los calvos, “que es una enfermedad en Europa por las cosas que comen”, y de ahí se siguió con las patatas, la Coca Cola y un transgénico etcétera.

No pasaría de anécdota si el que hablara no fuese Presidente de una nación, y si el tema real en el fondo no fuese tan importante como es. Urgen sin duda más y mejor informados debates sobre la calidad de los alimentos que consumimos. Cierto que ha habido voces de alerta sobre las alteraciones corporales que pueden sufrir quienes consumen alimentos altamente hormonados. Y sí, desde siempre hemos tenido “enfermedades” como la alopecia (que es el nombre elegante de la calvicie) más propias de ciertas condiciones genéticas que de otras. Pero ligar en un mismo discurso al pollo, las hormonas, la homosexualidad y la enfermedad, habla no sólo de un dislate mayúsculo, sino revela algo aún más grave: quien es homosexual lo es por contaminación. Ahí la anécdota ya pierde chiste, ¿verdad?

Hay de necedades a necedades: de las que hunden, y de las que afirman el heroísmo. Te acusarán, te acusarán, te acusarán: … de ser sabio en el país de los necios, canta Joaquín Sabina. Será que la necedad parió conmigo, la necedad de lo que hoy resulta necio… agrega Silvio Rodríguez. Sí, hay de necedades a necedades. La de Evo no es de las heroicas, no así.

Pero las estupideces no se quedan en lo apuntado. Tenemos un catálogo casi infinito de ellas en declaraciones recientes, por ejemplo, en voz de jerarcas religiosos. Ya el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarciso Bertone, había dicho hace apenas unos días que hay relación entre homosexualidad y pedofilia. Y en México, el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi, declara que “ante tanta invasión de erotismo no es fácil mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños”. ¡Santa declaración!, diría el Robin de Batman (quienes, conspirarían algunos por ahí, seguro comieron de esos pollos que denuncia Evo). Ni para dónde hacerse. Y todo no pasaría de una anécdota si quienes hablan no son lo que son, y si el agravio no fuese lo profundo que es.

Antes de que me acusen de anti-indígena (como han sido calificados quienes señalan el equívoco de la declaración de Evo, mientras los medios más afines a las causas de Morales maquillan las declaraciones en titulares ambiguos) o de anti-clerical (criticar a la Iglesia es todavía pecado inaceptable para los portadores del bien), subrayo otra joya de la incontinencia verbal de nuestros líderes del siglo XXI: en estos días, un clérigo iraní de alto rango (Hojatolesdam Kazem Sedighi) culpó a las mujeres que no se “visten de forma modesta” de ser responsables de los terremotos. ¡Ahí está! Dejen de pensar que tanto terremoto en este mundo predice el inminente Apocalipsis. ¡Son las mujeres y sus vestimentas ligeras! En México les habíamos atribuido menos poderes: Juana Camila Bautista, fiscal especializada en Delitos Sexuales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, sólo había apuntado que los ataques sexuales contra mujeres se incrementan en estas cálidas primaveras por el uso de ropa ligera. Pero ya atribuirle a la vestimenta la provocación de un terremoto… ¡lo que puede hacer un escote pronunciado!

Ríamos para no llorar. O exijamos mejores dirigentes. O hagamos de nuestra vida pública una oscura y cínica comedia de situación propia de la posmoderna televisión estadounidense. Mientras esto escribo, un amigo me refiere por el Twitter: “pollos con hormonas causan homosexualidad (Evo); y ésta a su vez pederastia (Vaticano), ‘tons los pollos y no los curas son culpables; ya ‘stá.” Y sí, ¡ya estuvo señores Cardenales! La culpa es de los pollos, no de los curas.

A quien sí le voy a acercar este texto es a mi padre: me temo que su calvicie se debe a la alimentación que por años le preparó mi madre. Es hora de que se defienda. O de que todos soltemos una carcajada liberadora.

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NO HAY CABIDA PARA EL CINISMO

Podríamos resumirlo en una especie de consigna: “no hay cabida para el cinismo”. O algo así vino a decirnos Michelle Obama durante su estancia, breve pero simbólica, en tierras mexicanas.

Bajó del avión que la trajo con ese movimiento que tanto seduce de los Obama: corren como si no, se visten como si fuera natural, y hay una cadencia que proyecta la voluntad de afirmarse.

Martes por la noche, y de la aeronave descendió una mujer joven, de mirada madura, con un vestido floreado en azules y oleajes como de crinolina, sandalia baja en rojo intenso, y grandes pulseras que decían “sí, soy yo”. No hay más. Cuando te atreves a correr como chiquillo es o porque eres inconsciente (e intuyes que al final te espera el catorrazo de tu vida) o porque quieres afirmar que al mundo, hay que comérselo. La conciente inteligencia de los Obama, sin duda, los coloca en el segundo grupo (el catorrazo, para todos, es inevitable).

Su primera visita oficial, ella, como “Primera Dama” (lo que sea que esto signifique) del hombre que despierta pasiones encontradas, pero del que nadie niega lo que es. Visita que tiene muchas lecturas: la proyección de su propia agenda (nacional y global), y un reconocimiento del papel que juega México en esta intrincada arena de fuerzas mundiales. Sí, no se puede negar, hay un gesto de reconocimiento manifiesto de Estados Unidos a México cuando Michelle, que para Obama no es sólo su “Primera Dama”, visita y habla. Reaching out, dirían en el anglo; tratar de tender puentes. Pero también a los locales nos toca analizar si somos capaces de otra relación con ese país al que nos unen históricas y profundas mareas de amores que se vuelven odios para reconocerse en pasiones, y desencuentros.

Entre las actividades previstas, para Michelle Obama, estaba un discurso ante jóvenes estudiantes (de nivel medio-superior y superior) en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Público variopinto, en origen y afinidades, también en edades. Ahí estaban, desde temprano. Llegar a la Universidad Iberoamericana no es fácil, no sólo por la ubicación sino por la separación simbólica. Es una institución de educación superior privada, de inspiración cristiana (encargada a la Compañía de Jesús), con todo lo que eso carga en simbolismo para los que pertenecen y los que no. Nada diferente a lo que encontramos en tantos lugares de este mundo. Pero ahí estaban, de universidades y colegios públicos y privados, algunos interculturales de regiones con alta densidad de población indígena. Confieso mi primera sensación: la evidencia de un México que no se mezcla y que no se toca. Las diferencias no sólo son evidentes, se profundizan. Se hablan sólo los que se reconocen, de un lado y otro. Grupos, grupitos, grupillos… así es, el mestizaje que se evoca desde la nostalgia fundacional no tiene que ver con la estricta separación de los mexicanos que aquí estamos. Nadie se toca.

Michelle Obama habló a estudiantes, nunca desconoció a su público. Y proclamó la esencia de su agenda personal: implicar a la juventud del mundo en el cambio generacional que necesitamos. Encontrar otras soluciones, otras respuestas; reconocer que en el mundo tenemos y tendremos la mayor cantidad de jóvenes de la historia; salir del pragmatismo del título y el ingreso, para reconocer al otro como horizonte. Compasión, encuentro, solidaridad. Mientras la escuchaba pensaba con pena en un legislador mexicano que hace días tuvo que disculparse por decir que lo que hace, es por amor a la Patria. Todos rieron; ¿cuál Patria? Y aquí está Michelle con un discurso de motivación casi básica. Sí, sí se puede; yes we can. Pero, ¿queremos?; do we want to?

Pocas horas, intensas, y en el fondo sólo (sin desmerecer) simbólicas. La presencia de M. Obama en México descubre también quiénes somos. Los que se quejaron por la presencia del mal yanqui en tierras de pura cepa azteca; los que permitieron brotase su racismo en comentarios execrables sobre el personaje en cuestión; los que se re-enamoraron de alguien que representa la posibilidad de sobresalir a pesar de; a los que no les significó nada; y quienes con todo, palparon por un momento que en el Siglo XXI debemos articular nuevas retóricas, nuevas historias.

Terminó su discurso, y una joven, pequeñita, otomí, de una universidad intercultural del estado de México, sólo me dijo: “yo ya sabía lo que ella nos acaba de decir, pero qué bueno que lo dijo”. Sí, será que andamos necesitados de motivaciones, de horizontes, de posibilidades, en medio de un México que así como se retuerce en su violencia, se reconoce en su genialidad tan propia. Michelle Obama no vino a decir nada nuevo; sólo que lo dijo.

Cierra la tarde, hace un calor enloquecido. Estos días de abril son duros para quienes el sol nos pone a prueba. También son los mejores meses, de explosión de colores en arbustos, árboles, ramajes. Algunos ya no tan jóvenes caminamos rumbo a una cerveza necesaria. ¿Sabes?, me dice uno, curtido como pocos, “no hay cabida para el cinismo”.

O no por ahora, o no así.

¡Salud!

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La influenza llegó para quedarse

Agenda Pública se transmite de lunes a viernes a las 19:30 hrs. por Foro TV.

Agenda Pública es un programa para discutir día a día el comportamiento de los medios y los procesos de la comunicación, conducido por José Carreño Carlón, Mario Campos y Gabriela Warkentin.

2010

En la mesa de debate platican sobre la influenza; candidatos preferidos y su influencia en los medios.

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EL PERIODISTA, EL CAPO Y LA FOTO

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y a todos se nos movieron un poco las certezas.

Parecía la crónica de un domingo cualquiera; terminó marcada por la “crónica de un encuentro insólito”. Ya desde el sábado, los murmullos en las redes sociales y los humores de los adelantados nos habían puesto sobre aviso: EL periodista, Julio Scherer (decano de las letras informativas en México, personaje imprescindible del país en que nos hemos convertido, hombre al que se antepone el Don) aparece en una fotografía, en la portada del semanario Proceso (publicación emblemática, opositora como destino y estridente ocasional como marca); junto a él, Ismael El Mayo Zambada, capo entre los suyos, con el brazo sobre los hombros del periodista, el cuello erguido, porte de cazador y mirada que se intuye bajo la sombra de una gorra más camionera que deportiva. Al periodista se le notan los años, pero los porta con el aplomo del que se sabe; al capo se le notan los fueros, pero los recoge con la conciencia del que se expone. Así comenzó el fin de semana informativo, en este México inmerso en una guerra contra el crimen organizado, con cientos de muertes a cuestas, periodistas asesinados, regiones asoladas, horizontes por redefinirse. Uno diría, ¡no sacudan que las olas crecen! Pero bueno, así comenzó.

En páginas interiores de la revista, la crónica de Scherer, esa “crónica de un encuentro insólito”. Cómo lo contactaron de parte del capo, cómo aceptó (porque “si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”), cómo lo transportaron, cómo llegó, cómo se encontró con ese otro, cómo no le pudo hacer las preguntas, cómo el otro contestó lo que quiso, cómo se terminaron por tomar la fotografía, ésa, la de la portada. “El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.” Vaya juego de palabras y de sugerencias: EL periodista frente a uno de los más buscados por la justicia; o en realidad no frente, sino en un abrazo que provoca.

Ahí, el domingo dejó de ser cualquiera, los días subsecuentes también. La edición de la revista se fue agotando. Y el coro se desató. Desde el mismo domingo, algunos periodistas de piel sensible reaccionaron ante las posibles críticas: ya sabemos que el que ejerce ve con recelo al que lo observa. Pero poco después, ¡ah!, vaya coliseo de voces encontradas. Por un lado, a quienes no les pareció. Argumentan que la entrevista no aporta, que el periodista terminó como mensajero del narco, que la fotografía muestra la rendición ante el poder fáctico, que el periodista se convierte en cómplice, que no hay nada noticioso, en fin, ¡que no aporta! Por el otro lado, a quienes sí les pareció. Argumentan que la crónica (que no entrevista) sí aporta, que es más importante lo que no se dice, que la contundencia de la imagen devela el fracaso de la guerra emprendida, que el periodista es eso y no procurador de justicia, que la publicación en sí misma es lo noticioso, en fin, ¡que sí aporta!

Las redes sociales bullen. Sólo en Twitter, el tema se mantuvo como el más discutido, en competencia apenas con la tragedia de enredos en que se ha convertido la misteriosa muerte de la pequeñita Paulette, en las periferias acomodadas de la capital mexicana. Los medios de comunicación se empapan del tema, y no hay opinador que se respete que no se aplique. Los detractores reclaman a los valedores su rendición incondicional ante Don Julio. Los valedores exhiben en los detractores enconos y envidias enquistadas. Hacia mediados de la semana, muchos comunicadores ya manifestaban las “preguntas que Don Julio debió haber formulado”, en resumen, “la entrevista que debió haber hecho, no hizo y yo seguro habría hecho mejor”. En el coliseo de la opinión, las voces se arrebatan la efímera espada de la verdad asumida.

Lo único cierto es que Julio Scherer, y Proceso, marcaron la agenda. Lo único cierto es que no sabemos qué hacer en este México en “guerra” (así nos lo han dicho), con actores que se definen y que son mejores jugadores mediáticos. Lo único cierto es que nos agarró desprevenidos y, ante la sorpresa, la reacción fue la descalificación inmediata o la adoración acrítica.

No veo con malos ojos la publicación. Me parece inútil centrarnos en la calidad de la entrevista, porque no lo es: recordemos, “crónica de un encuentro insólito”. Foto y texto dicen más por lo que no explicitan, y porque incomodan. Sí, muchas cosas que reclamarle al narco: muerte, terror, sangre, prensa acallada, zonas devastadas, un México en guerra. Y sí, cosas que ponerle en frente a Julio Scherer, una no menor la delgada línea que separa su crónica de un proceso de humanizar al enemigo declarado. En otros momentos me he manifestado en contra de abrirle micrófonos, plumas o cámaras al crimen organizado. Y lo sostengo. Pero aquí ganó la contundencia, porque aún a pesar del ego del cronista, de las trivialidades que se asoman, de lo mucho que no se dice, confirmo, con esta sola publicación, que es fácil desnudar lo extraviados que estamos en encontrarle rumbo al enredado México del Siglo XXI.

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y todos, todos nos vimos en el espejo.

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