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“Lula, ¿quieres ser Presidente de México?”

Artículo publicado por Gabriela Warkentin en El País, el 08 de octubre de 2009.

En el lamento y en la euforia, también se calibra al líder. Y en su capacidad de contarnos otra historia, aún más. 2 de octubre, Río de Janeiro se alza airosa. El Comité Olímpico Internacional (COI) ha fallado y el Presidente brasileño regresa a casa con la sede olímpica para el 2016 en la bolsa. En el camino quedaba Tokio, que nunca despegó del todo; Chicago, que se sintió sobrada; Madrid, que entregó el alma. Pero Río sedujo. Y al final sólo podía haber un ganador.

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EL “DIARIO JUÁREZ” PIDE UNA TREGUA A LOS GRUPOS CRIMINALES MEXICANOS

En sendos editoriales publicados con apenas 48 horas de diferencia, elDiario de Juárez ha sacudido a la opinión pública mexicana al acusar el viernes a los gobiernos de todos los niveles por su incompetencia para impedir el asesinato de periodistas, y al dirigirse el domingo directamente a los grupos criminales, “las autoridades de facto en esta ciudad”, según el propio periódico, para preguntarles qué es lo que “pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos”.

“Señores de las diferentes organizaciones que se disputan la plaza de Ciudad Juárez: la pérdida de dos reporteros de esta casa editora en menos de dos años representa un quebranto irreparable para todos los que laboramos aquí y, en particular, para sus familias. Hacemos de su conocimiento que somos comunicadores, no adivinos. Por tanto, como trabajadores de la información queremos que nos expliquen qué es lo que quieren de nosotros, qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar, para saber a qué atenernos”, planteó el diario en su editorial titulado “¿Qué quieren de nosotros?”.

“Ya no queremos más muertos. Ya no queremos más heridos ni tampoco más intimidaciones. Es imposible ejercer nuestra función en estas condiciones. Indíquennos, por tanto, qué esperan de nosotros como medio. Esta no es una rendición. Como tampoco significa que claudicamos al trabajo que hemos venido desarrollando. Se trata de una tregua para con quienes han impuesto la fuerza de su ley en esta ciudad, con tal de que respeten la vida de quienes nos dedicamos al oficio de informar”, agregó el periódico, que además subrayó que ningún otro medio de comunicación ha sufrido el asesinato de dos periodistas.

El jueves pasado, el fotógrafo Luis Carlos Santiago Orozco, de apenas 21 años, falleció después de ser tiroteado junto con otro de sus compañeros -quien se encuentra herido-, por un pistolero. El atentado ocurre cuando están a punto de cumplirse dos años de la muerte, también a tiros, de Armando Rodríguez Carreón, reportero de El Diario, asesinado en presencia de su hija de nueve años. Nadie ha sido procesado por este caso ocurrido el 13 noviembre del 2008.

El viernes el Diario de Juárez tituló su editorial “¿A Quién Pedir Justicia?” En él se puede leer: “Mientras no sepamos quiénes nos agreden y por qué; mientras ellos tengan la total libertad de permanecer ultrajando en este imaginario estado de derecho; mientras la procuración de justicia en este país, en esta entidad, siga siendo una entelequia, en realidad es poco lo que puede hacerse que no sea continuar desarrollando nuestra actividad periodística en la total indefensión. Proseguir clamando en el desierto por una justicia que no llega”.

Clamor de la prensa

Diversas organizaciones internacionales como la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Reporteros sin Fronteras y el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) han condenado el asesinato y manifestado su solidaridad con el periódico.

Una delegación del CPJ estará esta semana México, una visita que coincide con el agravamiento de la situación de la prensa y que se produce apenas un mes después de la gira de trabajo de los dos máximos relatores de defensa de libertad de expresión de la Organización de las Naciones Unidas y de la Organización de los Estados Americanos.

Carlos Lauría, coordinador del programa de las Américas del CPJ, y que forma parte de la delegación que llegará en las próximas horas, ha dicho a EL PAÍS que si bien el caso del Diario de Juárez es dramático, no es por desgracia novedoso. “Medios de distintos puntos del país se están autocensurando en forma generalizada, producto de la violencia sin precedentes, y de la situación de vulnerabilidad absoluta bajo la que operan. Esto ocurre ante un Estado casi ausente en muchas regiones, incapaz de proporcionar protección básica, incumpliendo su obligación de garantizar el derecho constitucional de la sociedad mexicana a recibir información. Si México pierde la batalla por el control de la información, porque la pelea no es solo en la calle, sino que los grupos del crimen quieren controlar también la información, si pierde eso, estará en riesgo su estatus como estado global confiable. Por ello, es crítico, urgente y prioritario que el gobierno y el Congreso se aboquen a ver de qué manera se puede dar una respuesta contundente a este tema”,ha dichovía telefónica.

Directivos del Diario han dicho en varias entrevistas que con su editorial no están planteando una rendición. Gabriela Warkentin,directora de la escuela de comunicación de la Universidad Iberoamericana, institución decana en la materia, ha dicho que lo que le “preocupa, al leer ambos editoriales, es que ante la evidente ausencia de reglas claras, y ante el silencio real de las autoridades (por decisión u omisión), se está reconociendo como interlocutor válido al crimen organizado y le están pidiendo que ellos, que controlan la plaza, pongan las reglas. El segundo editorial, que sin duda puede parecer efectista, es respuesta a la pregunta del primero (¿A quién pedir justicia?): ante la ausencia de justicia, se solicita tregua. Si eso no es el fracaso del Estado de Derecho, no sé qué sí lo sea”.

De momento, el Gobierno federal no ha fijado posición sobre los reclamos del Diario de Juárez, que en ambos editoriales reprocha directamente al presidente Felipe Calderón lo que califican de una estrategia errática en su lucha anticrimen y una incapacidad tanto para brindar protección a los periodistas como para encontrar a los culpables de los asesinatos.

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EL SECUESTRO NO SERÁ TELEVISAD0

Cuando el principal noticiario de la televisión mexicana sentenció, muchos quedamos perplejos. ¡Joder! ¿Y ahora? En horario estelar se nos informó que nada de nada: mientras el secuestro persista, el silencio se impone. Lo impensable: se informó que no se informará.

Pero, vamos por partes.

El pasado fin de semana desapareció de su finca, el prominente político y abogado Diego Fernández de Cevallos. Hombre polémico, como pocos, y gran polemista; candidato a la Presidencia de la República, diputado, senador, pieza esencial del hoy gobernante Partido Acción Nacional; pero también abogado próspero, controvertido, litigante de causas difíciles de digerir, ésas que, por lo menos en el imaginario, agravian a muchos para favorecer a un puñado; mexicano inteligente, apasionado y, por todo lo anterior o más, imprescindible en la historia reciente del país. No por nada el mote: “Jefe Diego”. Su abducción, en el estado vecino a la capital, Querétaro, fue un golpazo. No hay otra manera de calificarlo. Desde las cúpulas al ciudadano de a pie: si alguien así de poderoso e importante había desaparecido, ¿qué podría esperar Juan Ciudadano? El miedo no es moneda de cambio que viaje en litera acolchada; es parálisis muy real que se enquista en los más diversos rincones del alma.

Sucedió en algún momento de la noche del viernes al sábado. Y de a poco se fue filtrando la noticia. Un portal informativo de la localidad queretana dio la nota, la retomaron medios y comunicadores, y para el mediodía sabatino las redes sociales eran un hervidero. Poco contribuyó a la calma que otro eminente político mexicano, Manuel Espino, ex dirigente del partido del hoy desaparecido, enviara por Twitter la información no confirmada -eso se sabría después- de que el cadáver del Jefe Diego estaría en algún campo militar. Más de un ávido comunicador sacó la nota en medios nacionales, y para cuando reaccionó el gobierno federal (muchas, y muy muy largas horas después) el vacío informativo ya había sido colonizado por la especulación, las teorías de la conspiración y las más explícitas fantasías apocalípticas. Para unos, la desaparición del Jefe Diego era prueba clara del fracaso absoluto del actual gobierno. Para los menos, un posible ajuste de cuentas personales dados los negocios propios del político y litigante. Y para una muy importante representación nacional, todo esto es muestra palpable de la tan anhelada justicia poética. Afloraron las proclamas revanchistas y los retumbos de odio: “lo que le pasó a Diego es más que merecido, por abusivo, por tranza, por político.” Tan impresionante la retahíla de víscera manifiesta, que un diario de circulación nacional, El Universal, dedicó su editorial a alertar sobre, así lo nombró, el discurso de odio.

El lunes coronó la cadena de entuertos comunicativos. Mientras algunos medios anunciaban que, en la medida en que no hubiese información adicional no se abrirían los espacios a la especulación -cosa muy agradecible-, el responsable del principal noticiario de televisión del país, Joaquín López Dóriga, salía a cuadro para comunicar que Televisa no volvería a informar de este caso hasta su desenlace, todo en respeto a la vida del desaparecido Diego Fernández de Cevallos. Remataba con la siguiente sentencia: “no ha sido una decisión fácil, pero sí es una decisión firme”.

Suena un poco a ayuno informativo, pero sobre todo, nos coloca como ciudadanos ante la pregunta fundamental sobre nuestro derecho a la información. Por ello, la perplejidad. Porque la contundencia de la afirmación no permite el resquicio: y si antes del desenlace hay información importante (que implique a agencias o actores actuales), ¿no se dirá nada?; y si en el camino se van descubriendo complicidades, ¿nadie se enterará? Vaya que, además, éstas son preguntas ingenuas. Porque, en el fondo, lo que aflora es la punta de la sospecha: ¿será que hay una empresa de televisión que sabe más y por eso calla?; y los que siguen informando, ¿traicionan y amenazan la vida del desaparecido?

En la era de la información, la postura de franca contención es una osadía de dimensiones inexploradas. Sin duda, ante el posible secuestro de una persona -y más aún alguien de la prominencia del jefe Diego- la cautela es una ficha que juega a favor de la vida del desaparecido. Si fue así, ¿por qué no le entraron todos los medios de comunicación? Basta ver el exceso de verborrea denunciadora en que han caído tantos medios y comunicadores. Deseable casi, un pacto comunicativo por el bien del país. Pero, si no fue así, ¿de qué privilegios gozan los que lo hacen? Y, a todo esto, ¿dónde queda el derecho a la información del ciudadano? Sólo espero que todos estemos conscientes de que los vacíos informativos, sean por inercia, por incapacidad o por decisión, son caldo de cultivo de esos fanatismos que se vuelven incontrolables.

México no necesita que se alimente la especulación, ni que se avive el ruido discursivo. Las situaciones de inseguridad y de reto a las instituciones que vive el país ameritan que quienes informan no funcionen a golpe de intuiciones, que el discurso del odio no se imponga, y que las decisiones editoriales no generen aún más desconfianza. Yo sólo espero, por el ser humano que es, que el Jefe Diego esté bien. Pero sea lo que suceda, no puedo sino recordar que tanto daño hace la verborrea excedida como el silencio impenetrable.

Les prometo que, a estas alturas, ya somos mayorcitos, aquí en México, y podemos aguantar las malas nuevas. Digo, por si no se habían dado cuenta, claro está.

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¡LUKÁNIKOS, EL PERRO, PARA PRESIDENTE!

Ahí está, bien plantado, ese chucho callejero. Mirada fija, orejas caídas hacia delante. No tiene pierde y sí tiene porte. Será muy callejero, pero es hasta guapo. ¡Perro majo! Fotogénico sin cirugías. Se perfila, ladra, calla, enfrenta; sabe esperar, luego se lanza: intuye el momento de la iniciativa. Es un chucho estratega. Acompaña a los que se reconocen vulnerados, repele a los agresores. Suena al líder ideal, ¡no lo neguemos! Uno que, además de ladrar, de vez en vez (no muy seguido) pronuncie palabra: bueno, ¿dónde me apunto para hacer campaña? ¡Lukánikos para Presidente! En español esa palabra significa salchicha; habremos de buscar otro nombre (¡salchicha para presidente!, tiene connotaciones imprevistas) u otro chucho. Pero con un líder nos hemos topado, Sancho.

Las imágenes dieron la vuelta al mundo, publicadas originalmente en el periódico británico, The Guardian: perro callejero que acompaña, en primera fila de batalla, a los manifestantes griegos que desde hace días toman las calles en protesta por el plan de austeridad para enfrentar la crisis económica más reciente. Las calles, literalmente, arden; algunos aeropuertos paralizados; muertes reportadas. Los manifestantes griegos no se arredran: portan máscaras para protegerse de los gases, piedras en mano, llamas; y la policía en lo suyo. Son las guerras urbanas de los últimos siglos. Pero ahí, Lukánikos. Del lado de los manifestantes, el ‘perro antisistema’ le han tildado, el perro famoso: en unos días, icono de la rebelión moderna, circula por las redes sociales y es la estrella de Internet.

Dato curioso aparte, este chucho nos revela tanto de nosotros -ésa es la gran fortaleza de los perros, por eso son los mejores amigos del hombre. Paradójicamente vuelve humano un enfrentamiento, nos remite a los básicos. Se erige en la estrella identificable que nuestra realidad mediatizada necesita: difícil identificarte con el anónimo lanza piedras o el policía en serie, en estas épocas en que la colectividad pierde sentido. Es el perro que destaca, que en su ferocidad es tierno, que despierta, por lo menos, simpatías. Además tiene nombre: es individuo. ¿Qué más necesitamos? La rebelión urbana del siglo XXI mediático.

Existen muchos otros chuchos famosos. En México tenemos a nuestro perro Fidel. Hace casi un año saltó a la fama, de la mano de los llamados anulistas: aquellos que promovían la anulación del voto como protesta por las condiciones electorales de un país que sigue colocando muy alta la barrera para la participación política y ciudadana. En las elecciones intermedias, de 2009, el joven Carlos Delgado Padilla, dueño del perro, lo lanzó como candidato en su ciudad, Guadalajara. Fidel tuvo fotografía oficial, anuncios en la calle, perfil en Facebook, toda una estrategia. Prometía “no voy por un hueso” (aludiendo a la mexicanísima tradición de perseguir rabiosamente un puesto, por el puesto mismo) y “no soy gato de nadie” (parodiando la despectiva expresión de llamarle gato al sirviente). Fidel hizo campaña, y ganó votos. Pero sobre todo exhibió lo absurdo de un sistema que en su supuesta renovación sólo se anquilosa más. Insisto, los perros nos revelan. De haber vivido en Guadalajara, en una de esas hasta voto por Fidel.

Hay chuchos que se hacen famosos por lo que les hacemos. Tres jóvenes de Tepic, capital del estado mexicano de Nayarit, torturaron hasta la muerte a un perro callejero. Tiempo después subieron el vídeo de tan “valiente acto” a YouTube. Hace unas semanas estalló el escándalo. Oleadas de indignación, movimientos a través de las redes sociales. Finalmente detuvieron a estos muchachos. Uno de ellos explicó, con toda la frialdad, cómo metieron al perro en un costal, provocaron que fuera agredido por dos pitbull y para luego tomarlo de las patas traseras y estrellarlo contra los árboles, el piso. Pura delicadeza de estos jóvenes. Cuando les preguntaron por qué lo habían hecho, respondieron: es que estamos chavos. Claro la juventud (chavo es el calificativo mexicano para niño, joven) como pretexto. Faltaba más. Me recuerda al padre de un adolescente que hace unas semanas atacó brutalmente a un hombre, en las calles de la Ciudad de México, para robarle un teléfono móvil, y al ser presentado ante la justicia gemía musitando: “mi hijo es bueno, no lo vayan a perjudicar”. Sí señor, bueno para partirle el cráneo a un transeúnte. El perro torturado no la contó, pero, insisto, nos pintó de cuerpo completo: la violencia exhibida, también eso somos. La muerte como espectáculo. El vídeo en YouTube, faltaba más.

Grecia tiene larga historia con los perros. No sólo abundan los callejeros (que esos los tenemos en muchas otras partes del mundo también). Pero ya desde la Antigüedad nos decían más de lo que recordamos. Diógenes, el Cínico, ¿nos suena? Tanto que aplicamos eso del cinismo, para advertir incluso de su perniciosa omnipresencia, y poco reparamos que hay un perro detrás de todo. Kyon, perro en griego; kynikos, su forma adjetiva. Y así llamaban a esos griegos, Diógenes uno de los más visibles, que hacían “de la desvergüenza” su forma de vida. Para él, sin embargo, era su forma de protestar: la suya, elegida, develaba la incivilidad institucionalizada de la sociedad de su momento. ¿No les digo?, tanto que le debemos a los perros.

Haré campaña, mundial, ¿por qué no? ¡Lukánikos para Presidente!, del país que lo necesite. Bien parado, de mirada fija, atento, leal, presto a defender. Encuentren cualidades así en algunos de sus líderes, y ya me dirán si no tenemos proyecto en mano. Salgo a recorrer las calles de esta ardiente capital mexicana. Con perro quiero toparme, Sancho.

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MACIEL, ¿QUIÉN TE MANDA SER MEXICANO?

Y hay quienes se enojaban porque Speedy González nos perpetuaba en el estereotipo. ¡Cuánto nos faltaba por vivir!

Resuelto el problema: si Marcial Maciel no hubiese nacido en México, nada habría sucedido. Ya está. Lo demás son conjeturas necias, y ganas de perjudicar al prójimo.

Las atrocidades cometidas por el fundador de los Legionarios de Cristo, poderosa y hoy cuestionada orden, no se deben a una enferma personalidad retorcida, a un clima de impunidad, a una perversa miopía de la Iglesia, a un oscuro sistema de complicidades, a una enredada venta de favores, a un tejido transnacional de servicios… no, no, no, nada de eso, señores. Se deben a sus raíces mexicanas; a que nació en el “muy mexicano estado de Michoacán”. ¡¡Arroz!!, diría el inefable Mauricio Garcés, galán de películas de mujeres profusas y caballeros de gasné. También muy mexicano. Digo, ya puestos a encasillar.

Cuánta tinta ha corrido para tratar de entender la identidad de los que aquí moramos, en México. Fuentes, Paz, Ramos, Krauze, Novo, Monsiváis; cronistas, evangelizadores, filibusteros; pintores, músicos, escultores, cineastas, fotógrafos; sociólogos, urbanistas, historiadores, periodistas. Un larguísimo etcétera de mentes, voces y plumas que desde hace siglos, literalmente, se han dedicado a desgranar esto que es la “mexicanidad”. Ahora que estamos en plena invocación de la Independencia, que hace 200 años nos dio patria, y de la Revolución, que hace 100 nos resignificó horizontes, hay foros y debates y discusiones y rollos mediáticos y más foros para revisar la identidad del mexicano, su transformación y proyección. Tanta tinta, tantas neuronas echadas a andar, tantas voces… y a nadie se le ocurrió preguntarle a quien en tres minutos definió nuestro ser mexicano: “somos medios tramposos, medios mañosos, medios dobles”. Y ahí no queda: ¿qué hay en “las raíces mexicanas” del personaje en cuestión, ése que cometió los crímenes de que se le acusan, que resulta casi inevitable su actuar? Es, en resumen, “un caso extremo y monstruoso de ser mexicano”. ¡¡¡Arroz!!!

Quien habla es el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, arzobispo de Guadalajara e influyente hombre de relaciones. Todo en una charla con la periodista Carmen Aristegui. La incontinencia declarativa de Sandoval Iñiguez nos brindó las joyas de la semana: ¿por qué no revisamos las raíces mexicanas de Maciel?; ¿por qué del pueblo mexicano salió un fundador así?; todos los fundadores de grandes órdenes son santos, salieron bien, y el único gran fundador, este mexicano, salió mal… ¿que no nos representará a todos nosotros, mexicanos, medios tramposos, medios mañosos, medios dobles? “Lo que tiene la olla, saca la cuchara”: de refrán popular a sabiduría de prelado. Yo confieso que quedé tranquila. Insisto, ya está: Maciel no es culpable más que de mala suerte geográfica. De no haber nacido en México, ningún delito habría cometido. Eso entendí, ¿o no?

¡Ay, Cardenal!, cuántas cosas salen de nuestras bocas cuando la verborrea se impone.

He comenzado ya mi colección anual de declaraciones absurdas y estúpidas, y la de Sandoval Íñiguez va ganando puntos. Y no, no me azoto: por supuesto sé que hay condiciones, algunas marcadas por devenires históricos, que hacen que México viva un particular clima de impunidad y de tranzas generalizadas. Ahora que de eso a ponernos en resignación determinista hay largo trecho. Y no, no tiro a locas al Cardenal, porque él predica desde un púlpito muy público y muy magnificado, y porque, aunque nos cueste trabajo creerlo, sus palabras le importan a muchos. Una estupidez dicha en el vacío, es un soliloquio desafortunado. Una estupidez vociferada desde el foro público, es una aberración con consecuencias.

Pero en fin, me divierten estos personajes. Me regresan mi capacidad de asombro. Y en una de esas hasta activan mi indignación. Yaaaa, no nos molestemos porque Speddy González es un ratón abusivillo, ni porque el frijolero greaser siga siendo la estampa de mexicanidad para el gringo promedio. Si Sandoval Íñiguez, que tiene derecho de picaporte en las esferas celestiales, nos retrató, pues ya estuvo: contengamos a los mexicanos, porque ellos están impedidos, en esencia, a bien obrar. No es culpa nuestra, de veras, nosotros sí queremos ser buenos. Dice el Cardenal que, por haber sido Maciel mexicano, no debemos hablar de él; porque allá afuera, en el mundo y universos vecinos, sabrán que los que aquí nacimos somos un desastre de proporciones bíblicas. Faltaba más, a guardar silencio entonces.

¡Dios mío!, ¿por qué nos has abandonado?

¡¡¡¡Arroz!!!!

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ARIZONA: GRACIAS, ¡MUCHAS GRACIAS!

Si una legislación restrictiva, incluso racista, logra catapultar un tema crucial a la agenda pública, que así sea. Por eso, ¡gracias, Arizona! Lograste lo que parecía perdido: reimpulsar el debate sobre la migración. Bueno, si ya hasta Shakira se movilizó…

Ay, Señor. ¡Tan lejos de la sensatez y tan cerca de nosotros mismos! Ni a Sartre se le habría ocurrido infierno más eficaz: encierra juntos a un gobernante en periodo electoral, un lugareño receloso, un ajeno impregnado de sospecha; y ya estuvo. No hay cultura que se resista.

Arizona, al sur de Estados Unidos. Jan Brewer, gobernadora, firma la controversial ley SB1070. Criminalizar al otro, al ilegal, conferirle a los poderes pretextos para detener al sospechoso. Culpar al que lleva en su carro a uno que no porta papeles. En fin, penalizar la presencia incómoda. Recuerda un poco a Steinbeck y sus Uvas de la Ira. Porque se trata de economía, de regulación de mano de obra, de miedos, de tiempos electorales, de un México que se le desbordó a Estados Unidos, de vidas, algo de esperanza, de patrioterismo, de recelo, de un Estados Unidos que se debate en su reconfiguración.

Solo voy con mi pena. Sola va mi condena. Correr es mi destino, para burlar la ley. Perdido en el corazón de la grande Babylon. Me dicen el clandestino por no llevar papel. Pa’ una ciudad del norte yo me fui a trabajar… Manu Chao, y sí, la visión que esquematiza. Pero también la que se manifiesta. Me dicen el clandestino por no llevar papel. El mundo del siglo XXI se explica por la movilidad y los flujos; pero no sabemos qué hacer con nosotros.

La reacción en México, a raíz de la aprobación de la legislación en Arizona, ha sido un poco la esperada. Se trata, a final de cuentas, de un Estado que colinda con el territorio nacional; hay muchos migrantes, legales y no. Y sí, una legislación que se basa en la sospecha, cala, duele, exhibe. De racista ha sido tildada en el mundo. Retórica encendida. La presidencia de la República, la Cancillería, legisladores, líderes de partidos, ONG. También en Estados Unidos: el mismo día, Obama twitteó la vergüenza sentida. Porque sí, toca indignarnos, pero en serio.

Me imagino en frecuencia videojuego: caminas por las calles, de arcilla controlada, calor de desierto; así es Arizona; caminas con calma, te acompaña el que es tu hijo (es videojuego, cada quien puede tener un hijo de temporada). Tu misión, clara: atrapar migrantes ilegales. La razón, evidente: estás harto. Sigues caminando, despacio, hace calor; tu figurín de videojuego suda. Tienes información: hay que detener al que es sospechoso. Moreno, de cuerpo compacto, huidizo. Cabello ralo, en fin. Igualito a ti. ¿A mí? Ni lo digas, yo soy legal. Avanzo. Ahí están, en la esquina. Conversan. ¿Cómo que conversan? Que corran, voy tras ellos. Puedo, me lo permiten. De eso se trata. El pequeño, que es tu hijo de temporada, te reclama: se parecen a nosotros, ¿no? NO. No se pueden parecer a nosotros. Si no, todo pierde sentido.

El debate que la aprobación de la Ley SB1070 ha traído consigo, en México y Estados Unidos, nos recuerda que no hemos resuelto un ápice de lo que significa ser ciudadano hoy. Nos quejamos del maltrato, con razón, sin reparar demasiado en la viga incrustada en el ojo propio. México no tiene una relación amable con sus migrantes, ilegales, ni con sus extranjeros: no nos gustan, les ponemos todas las trabas posibles. El extranjero en México nos funciona mientras aporta, pero que pronto se vaya a su casa. Eso sí, que no agredan a los mexicanos en Arizona. Aunque a esos mismos mexicanos los hayamos expulsado.

Regreso al videojuego. Camino las calles, polvo, escenario contradictorio. Tengo opciones, cambiar de escenario por ejemplo. Más al sur, que a los migrantes los tratan mal en donde sea. Un escenario en España, o Argentina, o Colombia, o Brasil… o más lejos, para hacerlo exótico. Que movimiento hay. Cosa de modificar el acomodo de mi pantalla. Al fin, sólo es un videojuego, ¿no?

Al llegar a Estados Unidos, de 14 años, sin más compañía que mi miedo y atrevimiento enormes, me enteré por experiencia personalísima de lo que es amar a Dios en tierra de gringos. A pesar de todo, poco a poco fui albergando un cierto sentimiento conciliatorio de lo que me rodeaba. Aún no acaban de contentarme muchas cosas; en parte por lo que yo pueda tener de prejuicioso, pues que en eso no sería fácil lanzar la primera piedra. Es Miguel Méndez, escritor chicano. Porque sí, es también asunto de horizontes. Recordemos la máxima: todos, todos, en algún momento somos extranjeros.

México tiene, ante el agravio de Arizona, una enorme oportunidad: asumir la voz cantante para revisar lo que sobre migración, y movimiento, debemos acordar. El peligro está en que nos gane el cortoplacismo, el enojo. La diatriba: ¡pinches gringos! Muy bien, ¿y luego?

De Manu Chao a Vicente Fernández: que para cantar somos buenos. Tal vez en mi tierra no se den las cosas como yo quisiera. Por eso mi hermano, norteamericano, crucé la frontera. Salí de mi patria, dejándolo todo porque fue preciso. Pero habrás notado, nada me he robado de tu paraíso. Hoy, migrante soy. Prefiero salir del videojuego. Y agradecer a Arizona: con tu reprochable legislación nos planteas una oportunidad. Falta ver que alguien desee aprovecharla. Para bien, claro está.

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LA CULPA ES DE LOS POLLOS, NO DE LOS CURAS

Todos debiéramos tener derecho a decir estupideces. Es casi condición humana; en alguna convención seguro está prevista. Pero hay que diferenciar la tribuna desde la que se rebuzna. Tenemos burradas que no pasan de ocurrencias, y las hay que al hacerle cosquillas al demonio, descubren las tripas de la intolerancia, la estulticia y algunas que otras trabas atávicas.

La joya más reciente la aportó el presidente de Bolivia, Evo Morales. Habló hace unos días en la I Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y la Madre Tierra. Reunión importante, porque hay que poner en la agenda algunos asuntos a retomarse a fin de año en Cancún, en la COP 16. Evo se lanzó con todo a favor de los alimentos ecológicos y contra los modificados genéticamente. Le llegó el turno al pollo, y no salió bien librado: “el pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres.” Así, ¿o más claro? Dicen las crónicas que entre los presentes hubo risas. A saber. Lo que sí, más de uno en este mundo debió quedar tranquilo. Reconocer que son los pollos cargados de hormonas los culpables de la homosexualidad, seguro provoca suspiros de alivio en quienes ven al demonio en esas “prácticas anti natura”: tan fácil como decapitar a cuanto pollo hormonado encontremos, y problema arreglado (falta ver cómo explicamos la homosexualidad de algunos vegetarianos, pero aquí no da para tanto). Luego Evo habló de los calvos, “que es una enfermedad en Europa por las cosas que comen”, y de ahí se siguió con las patatas, la Coca Cola y un transgénico etcétera.

No pasaría de anécdota si el que hablara no fuese Presidente de una nación, y si el tema real en el fondo no fuese tan importante como es. Urgen sin duda más y mejor informados debates sobre la calidad de los alimentos que consumimos. Cierto que ha habido voces de alerta sobre las alteraciones corporales que pueden sufrir quienes consumen alimentos altamente hormonados. Y sí, desde siempre hemos tenido “enfermedades” como la alopecia (que es el nombre elegante de la calvicie) más propias de ciertas condiciones genéticas que de otras. Pero ligar en un mismo discurso al pollo, las hormonas, la homosexualidad y la enfermedad, habla no sólo de un dislate mayúsculo, sino revela algo aún más grave: quien es homosexual lo es por contaminación. Ahí la anécdota ya pierde chiste, ¿verdad?

Hay de necedades a necedades: de las que hunden, y de las que afirman el heroísmo. Te acusarán, te acusarán, te acusarán: … de ser sabio en el país de los necios, canta Joaquín Sabina. Será que la necedad parió conmigo, la necedad de lo que hoy resulta necio… agrega Silvio Rodríguez. Sí, hay de necedades a necedades. La de Evo no es de las heroicas, no así.

Pero las estupideces no se quedan en lo apuntado. Tenemos un catálogo casi infinito de ellas en declaraciones recientes, por ejemplo, en voz de jerarcas religiosos. Ya el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Tarciso Bertone, había dicho hace apenas unos días que hay relación entre homosexualidad y pedofilia. Y en México, el obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi, declara que “ante tanta invasión de erotismo no es fácil mantenerse fiel tanto en el celibato como en el respeto a los niños”. ¡Santa declaración!, diría el Robin de Batman (quienes, conspirarían algunos por ahí, seguro comieron de esos pollos que denuncia Evo). Ni para dónde hacerse. Y todo no pasaría de una anécdota si quienes hablan no son lo que son, y si el agravio no fuese lo profundo que es.

Antes de que me acusen de anti-indígena (como han sido calificados quienes señalan el equívoco de la declaración de Evo, mientras los medios más afines a las causas de Morales maquillan las declaraciones en titulares ambiguos) o de anti-clerical (criticar a la Iglesia es todavía pecado inaceptable para los portadores del bien), subrayo otra joya de la incontinencia verbal de nuestros líderes del siglo XXI: en estos días, un clérigo iraní de alto rango (Hojatolesdam Kazem Sedighi) culpó a las mujeres que no se “visten de forma modesta” de ser responsables de los terremotos. ¡Ahí está! Dejen de pensar que tanto terremoto en este mundo predice el inminente Apocalipsis. ¡Son las mujeres y sus vestimentas ligeras! En México les habíamos atribuido menos poderes: Juana Camila Bautista, fiscal especializada en Delitos Sexuales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, sólo había apuntado que los ataques sexuales contra mujeres se incrementan en estas cálidas primaveras por el uso de ropa ligera. Pero ya atribuirle a la vestimenta la provocación de un terremoto… ¡lo que puede hacer un escote pronunciado!

Ríamos para no llorar. O exijamos mejores dirigentes. O hagamos de nuestra vida pública una oscura y cínica comedia de situación propia de la posmoderna televisión estadounidense. Mientras esto escribo, un amigo me refiere por el Twitter: “pollos con hormonas causan homosexualidad (Evo); y ésta a su vez pederastia (Vaticano), ‘tons los pollos y no los curas son culpables; ya ‘stá.” Y sí, ¡ya estuvo señores Cardenales! La culpa es de los pollos, no de los curas.

A quien sí le voy a acercar este texto es a mi padre: me temo que su calvicie se debe a la alimentación que por años le preparó mi madre. Es hora de que se defienda. O de que todos soltemos una carcajada liberadora.

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NO HAY CABIDA PARA EL CINISMO

Podríamos resumirlo en una especie de consigna: “no hay cabida para el cinismo”. O algo así vino a decirnos Michelle Obama durante su estancia, breve pero simbólica, en tierras mexicanas.

Bajó del avión que la trajo con ese movimiento que tanto seduce de los Obama: corren como si no, se visten como si fuera natural, y hay una cadencia que proyecta la voluntad de afirmarse.

Martes por la noche, y de la aeronave descendió una mujer joven, de mirada madura, con un vestido floreado en azules y oleajes como de crinolina, sandalia baja en rojo intenso, y grandes pulseras que decían “sí, soy yo”. No hay más. Cuando te atreves a correr como chiquillo es o porque eres inconsciente (e intuyes que al final te espera el catorrazo de tu vida) o porque quieres afirmar que al mundo, hay que comérselo. La conciente inteligencia de los Obama, sin duda, los coloca en el segundo grupo (el catorrazo, para todos, es inevitable).

Su primera visita oficial, ella, como “Primera Dama” (lo que sea que esto signifique) del hombre que despierta pasiones encontradas, pero del que nadie niega lo que es. Visita que tiene muchas lecturas: la proyección de su propia agenda (nacional y global), y un reconocimiento del papel que juega México en esta intrincada arena de fuerzas mundiales. Sí, no se puede negar, hay un gesto de reconocimiento manifiesto de Estados Unidos a México cuando Michelle, que para Obama no es sólo su “Primera Dama”, visita y habla. Reaching out, dirían en el anglo; tratar de tender puentes. Pero también a los locales nos toca analizar si somos capaces de otra relación con ese país al que nos unen históricas y profundas mareas de amores que se vuelven odios para reconocerse en pasiones, y desencuentros.

Entre las actividades previstas, para Michelle Obama, estaba un discurso ante jóvenes estudiantes (de nivel medio-superior y superior) en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Público variopinto, en origen y afinidades, también en edades. Ahí estaban, desde temprano. Llegar a la Universidad Iberoamericana no es fácil, no sólo por la ubicación sino por la separación simbólica. Es una institución de educación superior privada, de inspiración cristiana (encargada a la Compañía de Jesús), con todo lo que eso carga en simbolismo para los que pertenecen y los que no. Nada diferente a lo que encontramos en tantos lugares de este mundo. Pero ahí estaban, de universidades y colegios públicos y privados, algunos interculturales de regiones con alta densidad de población indígena. Confieso mi primera sensación: la evidencia de un México que no se mezcla y que no se toca. Las diferencias no sólo son evidentes, se profundizan. Se hablan sólo los que se reconocen, de un lado y otro. Grupos, grupitos, grupillos… así es, el mestizaje que se evoca desde la nostalgia fundacional no tiene que ver con la estricta separación de los mexicanos que aquí estamos. Nadie se toca.

Michelle Obama habló a estudiantes, nunca desconoció a su público. Y proclamó la esencia de su agenda personal: implicar a la juventud del mundo en el cambio generacional que necesitamos. Encontrar otras soluciones, otras respuestas; reconocer que en el mundo tenemos y tendremos la mayor cantidad de jóvenes de la historia; salir del pragmatismo del título y el ingreso, para reconocer al otro como horizonte. Compasión, encuentro, solidaridad. Mientras la escuchaba pensaba con pena en un legislador mexicano que hace días tuvo que disculparse por decir que lo que hace, es por amor a la Patria. Todos rieron; ¿cuál Patria? Y aquí está Michelle con un discurso de motivación casi básica. Sí, sí se puede; yes we can. Pero, ¿queremos?; do we want to?

Pocas horas, intensas, y en el fondo sólo (sin desmerecer) simbólicas. La presencia de M. Obama en México descubre también quiénes somos. Los que se quejaron por la presencia del mal yanqui en tierras de pura cepa azteca; los que permitieron brotase su racismo en comentarios execrables sobre el personaje en cuestión; los que se re-enamoraron de alguien que representa la posibilidad de sobresalir a pesar de; a los que no les significó nada; y quienes con todo, palparon por un momento que en el Siglo XXI debemos articular nuevas retóricas, nuevas historias.

Terminó su discurso, y una joven, pequeñita, otomí, de una universidad intercultural del estado de México, sólo me dijo: “yo ya sabía lo que ella nos acaba de decir, pero qué bueno que lo dijo”. Sí, será que andamos necesitados de motivaciones, de horizontes, de posibilidades, en medio de un México que así como se retuerce en su violencia, se reconoce en su genialidad tan propia. Michelle Obama no vino a decir nada nuevo; sólo que lo dijo.

Cierra la tarde, hace un calor enloquecido. Estos días de abril son duros para quienes el sol nos pone a prueba. También son los mejores meses, de explosión de colores en arbustos, árboles, ramajes. Algunos ya no tan jóvenes caminamos rumbo a una cerveza necesaria. ¿Sabes?, me dice uno, curtido como pocos, “no hay cabida para el cinismo”.

O no por ahora, o no así.

¡Salud!

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EL PERIODISTA, EL CAPO Y LA FOTO

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y a todos se nos movieron un poco las certezas.

Parecía la crónica de un domingo cualquiera; terminó marcada por la “crónica de un encuentro insólito”. Ya desde el sábado, los murmullos en las redes sociales y los humores de los adelantados nos habían puesto sobre aviso: EL periodista, Julio Scherer (decano de las letras informativas en México, personaje imprescindible del país en que nos hemos convertido, hombre al que se antepone el Don) aparece en una fotografía, en la portada del semanario Proceso (publicación emblemática, opositora como destino y estridente ocasional como marca); junto a él, Ismael El Mayo Zambada, capo entre los suyos, con el brazo sobre los hombros del periodista, el cuello erguido, porte de cazador y mirada que se intuye bajo la sombra de una gorra más camionera que deportiva. Al periodista se le notan los años, pero los porta con el aplomo del que se sabe; al capo se le notan los fueros, pero los recoge con la conciencia del que se expone. Así comenzó el fin de semana informativo, en este México inmerso en una guerra contra el crimen organizado, con cientos de muertes a cuestas, periodistas asesinados, regiones asoladas, horizontes por redefinirse. Uno diría, ¡no sacudan que las olas crecen! Pero bueno, así comenzó.

En páginas interiores de la revista, la crónica de Scherer, esa “crónica de un encuentro insólito”. Cómo lo contactaron de parte del capo, cómo aceptó (porque “si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”), cómo lo transportaron, cómo llegó, cómo se encontró con ese otro, cómo no le pudo hacer las preguntas, cómo el otro contestó lo que quiso, cómo se terminaron por tomar la fotografía, ésa, la de la portada. “El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.” Vaya juego de palabras y de sugerencias: EL periodista frente a uno de los más buscados por la justicia; o en realidad no frente, sino en un abrazo que provoca.

Ahí, el domingo dejó de ser cualquiera, los días subsecuentes también. La edición de la revista se fue agotando. Y el coro se desató. Desde el mismo domingo, algunos periodistas de piel sensible reaccionaron ante las posibles críticas: ya sabemos que el que ejerce ve con recelo al que lo observa. Pero poco después, ¡ah!, vaya coliseo de voces encontradas. Por un lado, a quienes no les pareció. Argumentan que la entrevista no aporta, que el periodista terminó como mensajero del narco, que la fotografía muestra la rendición ante el poder fáctico, que el periodista se convierte en cómplice, que no hay nada noticioso, en fin, ¡que no aporta! Por el otro lado, a quienes sí les pareció. Argumentan que la crónica (que no entrevista) sí aporta, que es más importante lo que no se dice, que la contundencia de la imagen devela el fracaso de la guerra emprendida, que el periodista es eso y no procurador de justicia, que la publicación en sí misma es lo noticioso, en fin, ¡que sí aporta!

Las redes sociales bullen. Sólo en Twitter, el tema se mantuvo como el más discutido, en competencia apenas con la tragedia de enredos en que se ha convertido la misteriosa muerte de la pequeñita Paulette, en las periferias acomodadas de la capital mexicana. Los medios de comunicación se empapan del tema, y no hay opinador que se respete que no se aplique. Los detractores reclaman a los valedores su rendición incondicional ante Don Julio. Los valedores exhiben en los detractores enconos y envidias enquistadas. Hacia mediados de la semana, muchos comunicadores ya manifestaban las “preguntas que Don Julio debió haber formulado”, en resumen, “la entrevista que debió haber hecho, no hizo y yo seguro habría hecho mejor”. En el coliseo de la opinión, las voces se arrebatan la efímera espada de la verdad asumida.

Lo único cierto es que Julio Scherer, y Proceso, marcaron la agenda. Lo único cierto es que no sabemos qué hacer en este México en “guerra” (así nos lo han dicho), con actores que se definen y que son mejores jugadores mediáticos. Lo único cierto es que nos agarró desprevenidos y, ante la sorpresa, la reacción fue la descalificación inmediata o la adoración acrítica.

No veo con malos ojos la publicación. Me parece inútil centrarnos en la calidad de la entrevista, porque no lo es: recordemos, “crónica de un encuentro insólito”. Foto y texto dicen más por lo que no explicitan, y porque incomodan. Sí, muchas cosas que reclamarle al narco: muerte, terror, sangre, prensa acallada, zonas devastadas, un México en guerra. Y sí, cosas que ponerle en frente a Julio Scherer, una no menor la delgada línea que separa su crónica de un proceso de humanizar al enemigo declarado. En otros momentos me he manifestado en contra de abrirle micrófonos, plumas o cámaras al crimen organizado. Y lo sostengo. Pero aquí ganó la contundencia, porque aún a pesar del ego del cronista, de las trivialidades que se asoman, de lo mucho que no se dice, confirmo, con esta sola publicación, que es fácil desnudar lo extraviados que estamos en encontrarle rumbo al enredado México del Siglo XXI.

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y todos, todos nos vimos en el espejo.

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SER JOVEN, Y NO MORIR EN EL INTENTO

Sólo imaginar que las universidades se conviertan en fortalezas blindadas para evitar que sus comunidades sean agredidas me pone los pelos de punta. Es el peor regreso a lo más hermético de las Edades oscuras.

Cayeron acribillados. Todavía nadie dice bien a bien de quiénes fueron las balas. Pero ahí quedaron; lo más que sabemos es de un twittero: se escucharon ráfagas, balazos, quejidos. Luego salieron las autoridades académicas a explicar lo inaceptable. Era una universidad, y era ese México que sigue entregando cuentas de sangre. Monterrey, Nuevo León, nos dejó estampas de horror este fin de semana: avenidas bloqueadas por maniobras espectaculares a manos, aparentemente, del crimen organizado; balaceras cruzadas y civiles caídos. La muerte, y violenta, siempre es absurda. Cuando es joven, es además trágica.

Aceptamos gustosos el cliché, casi de película romántica: la juventud, tiempo de aprendizaje, de descubrimiento, de energías, de locuras. Esa pausa que impusimos al paso más denso de convertirnos en adultos. Alargamos la adolescencia y profesamos devoción por todo lo que a joven nos sabe: irreverencia, insolencia y, más llano, hambre por comerse al mundo. Sí, nos gustó esa parte de nuestra historia. Cuando se es joven, el único límite debía ser la imaginación. Pero es claro que las películas románticas existen sólo el tiempo que nos dura la fantasía. Y en México, a muchos parece habérseles acabado esa fantasía incluso antes de vivirla.

En lo que va del año, que apenas son pocos meses, han sido decenas ya las muertes de civiles en episodios ligados a la guerra en contra del crimen organizado que emprendió el gobierno del presidente Felipe Calderón. A principios de año nos sacudió la muerte de 15 jóvenes estudiantes, en una fiesta en Ciudad Juárez. Luego vinieron otros, sacados de fiestas, bares o reuniones, en diferentes ciudades del Norte del país. Apenas este fin de semana supimos que Javier Francisco Arredondo Verdugo y Jorge Antonio Mercado, destacados estudiantes de posgrado en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, en la sede que está en esa ciudad, murieron atrapados en un fuego cruzado que aún no queda del todo claro. Y en estos últimos días han sido otros. A la tragedia siguieron los infortunios declarativos: así como a los jovencitos de Ciudad Juárez se les colgó de inmediato la medalla de “pandilleros”, para justificar o matizar lo ocurrido, así a estos estudiantes en Monterrey se les ubicó en el genérico de “sicarios”. Tuvieron que salir las voces de la comunidad, los familiares y las autoridades académicas en uno y otro caso, para que se supiera que los jóvenes asesinados si de algo habían pecado, era de creer que podían festejar en una casa, o caminar de noche en las inmediaciones de su centro de estudios.

Ahora sabemos que varias universidades en las zonas más afectadas por la inseguridad ligada a la guerra en contra del crimen organizado van a reforzar sus medidas de seguridad. Ya de por sí, en algunos lugares el crimen común había obligado a los centros educativos a revisar sus mecanismos de acceso y permanencia en las instalaciones. No en todos, gracias a Dios. Todavía es un placer deambular por los jardines abiertos de la espléndida Ciudad Universitaria ubicada en la capital mexicana, o recorrer las instalaciones de muchos centros universitarios en las ciudades del país menos afectadas por la inseguridad. La Universidad es también apertura del espacio; pero cerrada, clausurada, restringida sólo a los propios, padecerá la pérdida del conocimiento que brota de la interacción espontánea. Si esto se generaliza en las instituciones de educación superior de las zonas más conflictivas, habremos creado otros guetos más: las sociedades que encierran a los suyos, perdieron el horizonte.

Paso estos días algunas jornadas de trabajo con estudiantes de todo el país, reunidos en la Mérida yucateca. Ciudad apacible, hermosa, cálida. Cuesta trabajo desde acá creer que esos otros Méxicos también existen. Los estudiantes se sienten libres, y liberados. Pero cuando el Secretario de Educación, al hablar de que la transición mexicana ha sido relativamente tranquila, utiliza la expresión “en México vivimos una democracia sin balazos”, más de uno se estremece. Aún entre los jóvenes universitarios, alegres y entregados, y desde esta Mérida menos atribulada, la afirmación cala. Porque todos saben que hace unos días asesinaron a dos de los suyos, allá en Monterrey. Y porque todos saben, punto.

Así como la sociedad civil se ha movilizado en otros momentos recientes de la historia mexicana para promover participación ciudadana y reclamar justicia, así esperamos que en este terrible y reciente caso en Monterrey no gane el miedo, y se articule la exigencia de un orden democrático y tolerante. No son sólo los dos jóvenes asesinados, es el caos que puede imperar en una ciudad, son las declaraciones de autoridades que sólo buscan señalar culpas ajenas, es la impotencia ante la indefinición, es la incontinencia informativa que no conoce límites. Y sí, son las balas que asesinan.

Las universidades debieran ser espacios abiertos, no fortalezas enclaustradas. Ser joven no debiera implicar la muerte como horizonte. Y México tendría que encontrar muy pronto algún camino para sacudirse la retórica del miedo.

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