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AL YAZIRA EN INGLÉS: PARA VERNOS Y RECONOCERNOS

 

Aplaudí, y lo sigo haciendo, la salida al aire, el 15 de noviembre de 2006, de las transmisiones televisivas de Al Yazira en inglés. Confío en que de algo debe servir la presencia de otra ventana narrativa al complejo social en que hoy nos movemos para minar la retórica dominante acerca de las diferencias en apariencia irreconciliables entre Occidente y Oriente. Pero mi optimismo no es absoluto.

El elástico y mutable imaginario mediático de Occidente suele identificar a Al Yazira, la cadena de noticias árabe que nació en 1996 en Doha (Qatar), con Al Qaeda y borrosos vídeos de Osama Bin Laden. Si no otra cosa, esta equiparación es producto también de las narraciones simplistas y unidimensionales de que solemos echar mano para conferirle sentido a las convulsiones que vivimos hoy en tiempo real. Y es cierto, además, que Al Yazira ha dado espacio a las voces tanto de Osama Bin Laden como de un número importante de individuos que, otra vez desde la mirada alejada y en ocasiones mezquina de Occidente, solemos encasillar en los roles de antagonistas: malos, barbudos y feos (porque el antagonista, si además es guapo, es doblemente sospechoso).

Al Yazira se había convertido, desde su papel protagónico durante y después de la guerra en Iraq, en una especie de oscuro objeto del deseo mediático. Me recuerdo sentada en el cuarto de un hotel, en Marraquech, hace un par de años. En el televisor, el logo inconfundible de Al Yazira; después: hombres y mujeres hablando en árabe, presentando noticias y contando historias de las que yo no entendía una sola palabra. Pero sentía que algo pasaba ahí, y que de alguna manera ellos estaban hablando de nosotros (de un nosotros, reconozco, insufriblemente mayestático, que refleja también algo de ese ego occidental seguro de saberse centro de la atención mediática del otro).

Desde el 15 de noviembre de 2006, ese otro adquiere aún mayores dimensiones simbólicas cuando se inician formalmente las transmisiones de Al Yazira en inglés y para todo el mundo (aunque desde el rincón del mundo en que yo me encuentro –porque México no está precisamente en el horizonte estratégico de la “confabulación mediática” de Oriente–, Al Yazira en inglés está disponible sólo a través de Internet). En estas semanas he pasado algunas horas frente a mi computadora, revisando la programación de esta cadena árabe con claras ambiciones de ocupar un espacio significativo en el paisaje mediático del siglo xxi. Y termino por confirmar lo que sentí hace unos meses frente a aquel televisor en Marraquech: algo pasa en Al Yazira y vale la pena que le concedamos el beneficio de la duda.

Lo ha dicho ya el periodista Timothy Garton Ash en un artículo reciente: las primeras horas de transmisión de Al Yazira en inglés prometen. Desde entrevistas con diversos líderes mundiales –para comenzar, Tony Blair– hasta mosaicos de la cotidianeidad de todas esas partes del mundo que seguimos sin conocer. Y como en las noticias el orden sí altera el producto, vale la pena revisar la estructura de los noticiarios que ahí se presentan, para vislumbrar desde dónde y para quiénes desea Al Yazira marcar la agenda mundial. Porque no menos que eso es su propósito, como lo es el de la mayoría de las cadenas mundiales de información.

Al Yazira no sólo habla en inglés, sino que habla además a través del lenguaje mediático al que tanto nos hemos acostumbrado en el mundo occidental: su estética y su narrativa parecen una mezcla de bbc y cnn, con algo de la espectacularidad y la estridencia de los noticiarios más abiertamente militantes. Al Yazira sabe a quién le habla, y sabe cómo hablarle. Por eso desconcierta. Una joven, no mayor de veinte años, menuda y bonita, habla a cuadro en un documental sobre las mujeres guerrilleras kurdas en Turquía; tranquila, confiesa haber asesinado a una veintena de enemigos –“porque si no los matas tú, te matan ellos”. La estética es conocida, la historia no tanto: eso es Al Yazira en inglés, la historia del otro en “nuestros” formatos. Por eso es doblemente seductora: por ajena y por conocida.

El discurso multicultural que domina nuestras perspectivas sobre casi todo debería aplaudir la llegada de Al Yazira en inglés, que por lo menos, hasta ahora, ha mostrado que quiere jugar en serio en las grandes ligas mediáticas. Pero, como decía al principio, mi optimismo no da para tanto. Es cierto: me parece que Al Yazira, con todo y su ocasional estridencia, aporta una mirada más al complejo social en que nos movemos. Aunque me temo que quienes están dispuestos a exponerse a estas otras miradas sean los mismos interesados de siempre. La costumbre mediática marca nuestros rituales de exposición a los múltiples contenidos que se nos ofrecen. Hay una máxima en el periodismo que reza que “sólo veo aquello en lo que de por sí ya creo”. A los occidentales, Al Yazira nos ofrece una ventana para ver la historia contada desde otra perspectiva. But who is actually watching? ~

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GOOGLE, TU VIDA A LA VISTA

PRENSA

Preferencias sexuales, vicios y virtudes, inclinaciones políticas, pasiones futboleras: como entes marcados por la “hiperpersonalización” de contenidos y servicios, nos exponemos y exhibimos en las redes informáticas. Y lo hacemos de manera tal que llevamos al límite –o a nuevas definiciones–los alcances de nuestra esfera de privacidad. Pregunta casi ingenua: ¿nos detenemos a ponderar cómo y a quiénes proporcionamos la información que se nos pide? Y eso que se habla mucho de las posibles violaciones a la privacidad que se derivan de usar las herramientas a que recurrimos con más frecuencia quienes navegamos en el ciberespacio: publicaciones, programas de televisión, movimientos ciudadanos. Son voces que alertan sobre una tendencia cuyos alcances no terminamos aún de entrever.

Google es uno de los buscadores en internet más utilizados, que ofrece servicios adicionales que han causado controversia en quienes aún no se terminan de acostumbrar a las nuevas reglas del mundo cibernético. De esta compañía se dice mucho, pero lo que más sospechas ha despertado es la posibilidad de que, mediante sus diversos servicios –el correo electrónico gmail, la herramienta de escaneo de las computadoras personales Google Desktop, la posibilidad de ubicar a un individuo mediante la combinación del servicio de mapeo de Google Maps y la telefonía celular, o la tentación de identificar coordenadas exactas de sitios vulnerables o estratégicos mediante la navegación por Google Earth–, esta empresa recabe información sensible, muy privada, sobre individuos, corporaciones y otros actores sociales, sin que sepamos, a ciencia cierta, a dónde van a parar esos datos nuestros y qué destino tendrán.

Primer ejemplo: tiene que ver con el gobierno de Estados Unidos, que solicita a los buscadores (entre ellos Google) que le entreguen resultados aleatorios de procesos de búsqueda llevados a cabo por individuos en un determinado tiempo. El argumento que hay detrás de esta petición es simple: se pretende proteger a menores de edad (y rastrear posibles flujos de pornografía infantil) y, de paso, identificar a “sujetos sospechosos”, algo muy propio de la paranoia posterior al 11 de septiembre. Google se negó en un principio a entregar la información (bajo la excusa de estar protegiendo a los usuarios de sus servicios), pero perdió la batalla y fue obligado a poner a disposición de los burócratas parte de sus cuantiosos datos. El resultado: una densa información de particulares, privada, que quedó expuesta sin su permiso al escrutinio de funcionarios extraños.

Segundo ejemplo: el correo electrónico gmail. Este servicio, que ofrece al usuario una considerable capacidad de almacenamiento, tiene una peculiaridad: permite rastrear el contenido de los correos electrónicos enviados, recibidos y almacenados. La razón de esta capacidad es diversa: desde lo técnico, es un proceso necesario para compactar la información almacenada. Pero, a la vez, le permite a Google identificar patrones recurrentes en contenidos de los mensajes, para establecer vínculos con anunciantes y productos acordes con el perfil del usuario. Ojo: nada de esto sucede sin el consentimiento del usuario. Desde el momento en que uno opta por una dirección de correo electrónico de gmail, sabe a lo que se atiene (la empresa es explícita en cuanto a su política de privacidad) –¿pero cuántos de nosotros leemos la letra chiquita de las ventanas que aparecen cuando estamos a punto de aceptar un nuevo servicio?

El tema de la privacidad, y su relación con los robots de búsqueda y servicios de personalización de la información, apenas comienza a despuntar en la conciencia de los consumidores o usuarios de estos sistemas. Ya se percibe, sin embargo, ruido y movilizaciones. En fechas recientes, grupos ciudadanos conservadores en Estados Unidos han puesto el grito en el cielo por la “degradación de los valores” que se ve en sitios tipo MySpace. Para quien no se haya enterado de la existencia de estos lugares, MySpace se ha convertido en el paraíso de la adolescencia: tiene a más de cincuenta millones de usuarios registrados, muchos de los cuales cuentan entre los doce y los veinticinco años de edad. ¿Qué ofrece MySpace? La posibilidad de poseer tu sitio y conectarte con amigos y amigos de los amigos (“redes sociales” se llama a este fenómeno cibernético, que permite un entramado de conocidos y conocidos de conocidos de conocidos). Lo interesante de esto es que los adolescentes, que carecen –en la actualidad, en Occidente– de prejuicios para publicar sus datos personales, no muestran mayores reparos cuando se trata de subir a la red contenidos íntimos: una adolescente estadounidense, que publicó en su sitio en MySpace fotos de ella y sus amigas desnudas –mismas que aparecieron posteriormente en una red de tráfico de pornografía infantil–, argumentó que lo que ella había subido a la Red era “para consumo privado”; claro, sin contar que su sitio podía, potencialmente, ser visto por miles de millones de personas.

Quienes usamos las modernas tecnologías de comunicación, y los servicios que nos permiten ubicarnos entre las cantidades ingentes de información con que nos topamos a diario, ciertamente estamos cada vez más expuestos a que se sepa “todo” de nosotros: qué buscamos, a quiénes les escribimos, con quiénes nos relacionamos, qué nos escriben, qué nos llega, qué aceptamos, qué rechazamos. Esta exposición se verá incrementada en la medida en que la tecnología móvil penetre más nuestros hábitos mediáticos. ¿Qué nos queda? Tener más conciencia de lo que hacemos, cómo lo hacemos, para qué lo hacemos. Tal vez, a la siguiente oportunidad, leer con más detenimiento la letra chiquita de las pantallas que aparecen frente a nosotros, cuando solicitamos o aceptamos un servicio nuevo: hacer clic sin fijarnos equivale a abrir una puerta más para exponer nuestros hábitos mediáticos a un mundo que está ansioso por beneficiarse de ellos. Y por último: apelar a las buenas prácticas y a la ética corporativa de quienes nos conducen por el mundo de la información. Lo que más le conviene a Google es mantener limpio su nombre: ése es su negocio. Y es lo mejor para nosotros también. ~

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SI SANGRA, VENDE, Y ENTRE MÁS SANGRE PUES MEJOR

PRENSA

Dicen los que saben, y los que defienden lo que hacen, que el periodismo es el proceso de narrar una historia que tiene un propósito: un propósito en el gesto narrativo y un propósito en lo que se narra. Veamos.

Hace unas semanas Monterrey lanzó al mundo mediático la siguiente historia: un jovencito de nombre Diego Santoy entra a casa de su exnovia, la guapa Erika Peña Coss –hija de una celebridad mediaticoastrológica local–, asesina a los dos menores de la familia, acuchilla a la desafortunada joven, y escapa con la empleada doméstica como rehén. El asesino reaparece unos días después detenido, con su hermano Mauricio, compañero y encubridor, según dicta de inmediato la corte mediática.

Como toda historia que se precie de serlo, en esta época de verborrea mediática en tiempo real, la narrativa que nos llega desde tierras regias tiene todos los elementos para constituirse en un clásico: un asesino joven; una (ex)novia guapa; dos víctimas inocentes, tanto en edad como en circunstancia; una madre de las víctimas, muy guapa también, que vive de leer en los astros el devenir humano; un padre de las víctimas que también lee en los astros el futuro de los mortales y que predijo la desgracia vivida; un hermano del asesino que enaltece el amor fraterno; un padre del malhechor que da la cara por los hijos… Sangre, pasión, víctimas inocentes, padres y hermanos que lloran frente a las cámaras y, sobre todo, los astros, que se negaron a revelar la tragedia con el tiempo suficiente y el tino adecuado como para prevenirla. Elementos todos que, entretejidos a partir de los gritos y susurros del espectáculo mediático, se articulan en una de esas historias que se vuelven referencia sentida en tertulias y sobremesas.

La corte mediática, esa que juzga, califica y entretiene a su antojo y voluntad, se da vuelo: entrevistas, reconstrucciones, conjeturas, especulaciones, condenas, absoluciones –pero sobre todo mucho llanto, mucha sangre, y un poco más de llanto. La máxima en su máxima expresión: si sangra, vende; y si sangra mucho, vende más.

Vuelvo a ese mes de marzo y veo que sucedieron otras cosas en México y en el mundo: el agua y su escasez; elecciones y reconfiguraciones geopolíticas; deportes y derechos de autor; muertes locales e incursiones aéreas en Iraq; en fin: temas había. Pero tal vez pasaron inadvertidos por quienes arman la agenda noticiosa de las televisoras nacionales en sus espacios de mayor audiencia (esos que parecen confundir, cada vez más, el interés público con el supuesto interés del público): porque casi quince minutos (poco menos de la cuarta parte del noticiario) le dedicó Televisa, por ejemplo, una de esas noches, a la historia del regio asesino. Los ciudadanos mexicanos nos enteramos de todo lo que necesitábamos saber para seguir siendo: “Señora Coss, ¿dónde se enteró de que le habían matado a sus hijos?”, “¿cómo se enteró?”, “¿qué sintió en ese momento?”, “¿cómo va su hija a reconstruir su vida? Se lo pregunto con la mejor de las intenciones…” En Azteca no se quedan atrás: “Al Asesino de Cumbres lo detuvieron en el baño.” Y por ahí vemos la habitación del asesino, su ropa, su privacidad, para rematar con una bonita referencia: “Esto que sucedió es, casi, casi, como Romeo y Julieta. ¿O no?”

Hace un par de años, un grupo de profesionales del periodismo estadounidense se reunió a revisar lo que estaban haciendo, y cómo lo estaban haciendo. Y se les ocurrió hacer público una especie de manifiesto: “Los periodistas debemos preguntarnos, constantemente, qué información tiene el mayor valor para los ciudadanos. Si bien el periodismo debe ir más allá de temas como el gobierno y la seguridad pública, también es cierto que un periodismo recargado de trivialidades y falsos significados, a final de cuentas, termina por engendrar una sociedad trivial.” 1

Decíamos que el periodismo es el acto de narrar una historia con un propósito. El periodismo (sobre todo televisivo) que estamos padeciendo hoy parece tener un (des)propósito muy claro: enaltecer lo trivial, en el qué y en el cómo, hasta convertirlo en un ruido que aturde y no revela. La tragedia que vive la familia Peña Coss es muy real. La tragedia que padecemos los mexicanos, con el periodismo trivial, morboso y estridente, también lo es. Pero, ¿alguien todavía se da cuenta? ~

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LA SOPORTABLE LEVEDAD DE LA TECNOLOGÍA

PRENSA

Sí, nos hemos convertido en cyborgs, ¡¿y qué…?!
Me imagino el rostro de más de uno, el rictus desaprobatorio, la mirada que acusa, una voz que no termina de enunciar una especie de proclama: no podemos permitir que la tecnología nos deshumanice, no podemos permitirlo, no podemos. Pero la realidad puede ser bastante menos escandalosa que esto. Nos hemos convertido en cyborgs, nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs, y tal vez lo único que hacemos al reconocer esta transformación —que no es cosa menor— es redefinir un poco lo que entendemos o solíamos entender por ser humano. Ampliando nuestros horizontes, dirían los clásicos.
Sé que juego con las palabras cuando digo que nos estamos convirtiendo un poco en cyborgs. La definición del diccionario nos dice que cyborg es un concepto que se deriva de cybernetic y organism —organismo cibernético. Manfred Clynes, a quienes muchos atribuyen haber sido el primero en acuñar este término, allá por los años sesenta del siglo pasado, recogía en este concepto la creciente necesidad del ser humano por ampliar artificialmente sus funciones biológicas para poder sobrevivir en el espacio, allá afuera, lejos, en territorio hostil a la frágil humanidad. Es decir que desde sus orígenes, un cyborg era aquel ser humano que necesitaba de ayuda tecnológica para controlar, ampliar y expandir sus funciones. Con el paso del tiempo, sucedió lo que siempre con todos los conceptos que nos suenan entre misteriosos y seductores: el imaginario finisecular le adjudicó al cyborg la personalidad de una especie de Robocop, un ser vivo (¿todavía humano?) que combinaba en su materialidad lo biológico con que todos nacemos y lo tecnológico con que algunos sueñan (desde el brazo biónico del hombre de los seis millones de dólares, hasta los implantes más complicados para intervenir el flujo neuronal).
Quedémonos, para fines de esta revisión, con una working definition: entendamos por cyborg, en la conciencia de estar descartando acepciones científicamente mejor sustentadas, un ser humano que depende de o recurre a la tecnología para llevar a cabo sus actividades cotidianas. Nada más aclaremos: no hablamos de cualquier tecnología, sino de la de cómputo y de los desarrollos de la cibernética, en su vertiginosa carrera hacia la miniaturización perfecta; y no aludimos a alguna actividad en específico, sino a todas aquellas, aun las más nimias, que vamos incorporando en la medida en que la complejidad se convierte en la forma de entendernos socialmente.
Así, imaginemos entonces, por un momento, al ciudadano de este inicio del siglo XXI: al oído, un aparato reproductor de música, cada vez más pequeño y ligero, que permite en modelos más recientes portar hasta quince mil canciones (y si el promedio de duración de una canción es de tres minutos, entonces tenemos en un aparato, que apenas pesa doscientos gramos, música para escuchar durante 31 días seguidos); en la mano (o al oído libre) un celular con el cual hacer llamadas telefónicas, enviar mensajes (los famosos SMS), jugar, fotografiar y, en una de ésas, componer alguna canción en caso de que las quince mil del reproductor portátil no sean suficientes (y para seguir con las cifras, apuntemos que sólo en México, de acuerdo con datos oficiales, se envían a diario alrededor de cincuenta millones de mensajes vía celular); frente a él, algún sistema de cómputo con el cual producir, recibir y compartir contenidos (con equipos portátiles que se hacen cada vez más ligeros —poco más de un kilogramo de peso para cuarenta GB en disco duro); sumemos por ahí alguna agenda electrónica (que se sincronice con la computadora y el celular), tal vez una consola de videojuegos (interconectada para aprovechar los beneficios de la adrenalina compartida), por supuesto un televisor (de pantalla plana cual agradable decoración de pared). Éste, más o menos, es el cyborg de principios de nuestro siglo: no ciertamente el hombre robot con los implantes de alta tecnología con que ha fantaseado Hollywood, pero sí el ciudadano cuyos sentidos e inteligencia no terminan ya donde acaban las células de su cuerpo, sino que incorporan las “células metálicas” de los aparatos que penden de su humanidad.
Sabemos que este ser humano tecnologizado despierta más de una sospecha o temor en quienes viven en la nostalgia escénica de un mundo “más natural que ya se nos fue”: un mundo en el que nadie necesitaba quince mil canciones para escucharlas en el aislamiento del audífono incrustado cerca del tímpano; un mundo en el que, para socializar, no se necesitaban consolas de videojuegos interconectadas ni largas sesiones de chat; un mundo en el que la información para la formación se sacaba de un libro y no se pirateaba de internet; un mundo en el que nos veíamos las caras y olíamos nuestros humores.
Me atrevo, sin embargo, a sostener que este cyborg del incipiente siglo XXI no es menos humano ni más artificial que los seres que nos precedieron. El individuo que ha incorporado la tecnología cada vez más ligera, pequeña y, por lo mismo, portátil nos está mostrando que la realidad no se agota en las dimensiones que hasta ahora conocíamos. Como en otros momentos de la historia, hoy estamos nuevamente aprendiendo a escuchar de una manera diferente, a ver de una manera diferente y, sobre todo, a socializar de una manera diferente. El incipiente cyborg con el que convivimos a diario es un ser conectado, vinculado, de acciones simultáneas y en perpetua incorporación de nuevos estímulos. La tendencia de la tecnología a miniaturizarse, al grado de introducirse en nuestra corporeidad, es sólo reflejo de este nuevo ciudadano: un ser humano que propone que lo que hacemos, lo podemos hacer en todo momento, a toda hora y con quien nosotros queramos. ¿La soportable levedad de la tecnología nos ofrece una nueva libertad? Tal vez no tanto. Pero hay algo que no podemos negar: este cyborg del naciente siglo XXI nos recuerda, o debería recordarnos, que aún no hemos agotado nuestra realidad y que todavía tenemos espacio para reinventarnos.
Sí, nos podemos convertir en cyborgs, ¡¿y qué…?! –

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HACIA UN MUNDO UNIDIMENSIONAL

PRENSA

En 1964, Federico Sescosse, presidente de la Junta de Monumentos Coloniales de Zacatecas, emprendió en su ciudad natal una cruzada estética que se conoció como “Campaña de despepsicocacolización“. Las crónicas de la vida local apuntan que la manifiesta finalidad de tal campaña era la de liberar a Zacatecas, y particularmente al centro de esa ciudad, de toda clase de anuncios comerciales, con especial énfasis en los que estaban en idiomas extranjeros. Así, con las anécdotas documentadas como prueba de la vitalidad de esta cruzada estética, nuestro ilustre zacatecano asumió la tarea de rescatar y mantener la belleza del centro colonial que lo vio nacer y, de paso, preservar la corrección en el uso del español.
Hoy no faltan quienes, gustosos, se sumarían a campañas similares, si no en su nombre sí con su intención, para corregir el uso de la lengua y hacer cumplir las reglas del buen hablar, particularmente en los medios de comunicación y con especial atención en los de mayor penetración: la radio y la televisión.
Variados y numerosos han sido los congresos, seminarios, debates, cursos y publicaciones dedicados a este tema. La contundencia de sus conclusiones deja poco espacio a la duda. Se dice que los medios de comunicación, particularmente la radio y la televisión, son los escenarios donde de manera más pública y penetrante se violan las reglas de la lengua, y donde la deformación del lenguaje pasa de ser excepción a una constante incuestionable: pobreza, escasez o inexistencia de vocabulario en actores, presentadores, protagonistas; errores de conjugación; barbarismos, neologismos y anglicismos; monosílabos como única opción posible ante la limitación del diálogo; desarticulación y fragmentación del habla y, por ende, del pensamiento mismo. Para muestra basta un vistazo a la programación televisiva: los bigbrothers y sus balbuceos monosilábicos; los voceros de los noticiarios que, a base de gritos, regaños y sermones, hacen que la noticia sea difícil de notar; las escaramuzas verbales de los contendientes en las arenas de los talk shows, tristes remedos de foros de debate público; en fin, la ligera elasticidad con la que se usa la lengua en comerciales, series, programas cómicos, concursos.
No todos los expertos coinciden, sin embargo, con esta visión negativa del uso y desuso, pobreza y riqueza, de la lengua en los medios electrónicos. Algunos investigadores han presentado datos interesantes que hablan de una realidad lingüística menos limitada. Raúl Ávila, por ejemplo, investigador del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México, habla de la riqueza léxica de diversas propuestas mediáticas, y señala que los índices de densidad de los textos televisivos pueden ser tan elevados como los de textos escritos complejos: algunas telenovelas mexicanas tienen un índice de densidad de entre 71.4 y 68 palabras diferentes por cada segmento de cien palabras, mientras que algunos ensayos de Octavio Paz, por ejemplo, alcanzan un índice de 69.5.1 Habrá que ver qué palabras.
No es, entonces, tan clara la respuesta a la inquietud acerca del uso, del mal uso, de la pobreza y, en general, de las deformaciones de la lengua y los lenguajes en los medios de comunicación electrónicos. Depende, como pudimos esbozar, del punto de partida para el análisis; depende, también, de lo que se entienda por uso correcto o deformación de la lengua, y depende, por supuesto, de la aceptación o rechazo del habla cotidiana, concreta y diversa frente a la pretensión de un español neutro y universal.
Pero lo ya planteado, desde la deformación hasta la pobreza de la lengua, no abarca la totalidad del embrollo que enfrentamos cuando reflexionamos en torno a las implicaciones del uso y formas de uso de la lengua en los medios de comunicación, con especial énfasis en la televisión abierta (hoy todavía la de mayor penetración en México). Me parece que si nos limitamos únicamente a identificar, por ejemplo, los casos específicos de mal uso de la lengua en los medios de comunicación, estamos evadiendo un problema de más fondo: la pobreza en la articulación y alcance del lenguaje (y, en el caso de los medios audiovisuales, hay que recordar que la palabra es sólo parte de los lenguajes que los constituyen) refleja, sobre todo, la pobreza del mundo experimentado, vivido, percibido y comunicable.
Los lenguajes expresan la realidad conocida, revelada, experimentada y construida. Comunican, retomando a Walter Benjamin, los “contenidos espirituales: cuanto más profundo, más existente y más real es el espíritu, tanto más expresable y expresado resulta”. Entonces, si coincidimos con el planteamiento benjaminiano, tenemos frente a nosotros el esbozo de un problema complejo: lo que debe preocuparnos hoy, me parece, no es únicamente el uso correcto y la eliminación de las deformaciones de la lengua en los medios electrónicos, particularmente la televisión abierta: lo que debemos preguntarnos es si esa pobreza o deformación lingüística nos está hablando de una reducción, un empobrecimiento del mundo percibido y, por ende, expresable. Sólo buscamos palabras nuevas, sólo buscamos articular mejor, cuando descubrimos nuevas dimensiones de la realidad que deseamos comunicar a otro. Parecería, entonces, que el espíritu del que hablaba Benjamin, el espíritu que se expresa y busca expresarse, se nos está achatando.
En el calor de los debates sesenteros y posteriores, Marcuse advertía del peligro que corría el mundo si el hombre unidimensional se hacía realidad: un hombre sometido, no contradictorio, incapacitado para trascender su condición histórica. Me atrevo a separar la propuesta de Marcuse de su determinismo (casi inextricable) para leer a través de ella algo de lo que sucede en el mundo mediático actual.
Si sólo debiéramos preocuparnos por el buen uso de la lengua y por evitar sus deformaciones en los medios de comunicación, enfrentaríamos, me parece, una parte minúscula de la cuestión que nos atañe. Lo que realmente preocupa es que, para algunos (sobre todo para los llamados profesionales de los medios), el espíritu que se busca comunicar, el espíritu que busca expresarse, ha perdido dimensiones. Y si además se expresa mal, estamos en problemas. El lenguaje empobrecido no puede más que revelar un espíritu empobrecido. Una parte importante de la televisión, más por inercia, me temo, que como resultado de una conspiración planeada o de una opción conscientemente asumida, está simplificando la complejidad de la vida y eliminando dimensiones del espíritu. No acepto, como dirían algunos críticos de la televisión a la Sartori, que esto sea propio o exclusivo del medio televisivo. Me parece, en tal caso, que este empobrecimiento del espíritu es más bien propio de muchos de quienes han llegado a las instituciones que nos siguen rigiendo, incluida la televisión —una especie de Zeitgeist en el que nos movemos.
Hoy, si todo esto es cierto, vamos hacia la expresión cada vez más unidimensional de nuestras realidades, y ése, desde mi punto de vista, es el tema que nos debe ocupar. No creo que baste una campaña de despepsicocacolización para enfrentarlo. ~

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