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Bajarle los calzones porque sí, por @warkentin

15 de marzo de 2016

Se lo tenía ganado por vestirse así.

¿O no?

Es una mujer atractiva, sin duda. Llama la atención. Así como para voltear a verla. Pero también es una inconsciente. Eso de salir a la calle –en esta chilanga ciudad nuestra de libertades y de avanzada– vestida con una falda cortita, ¡jo’er! Ganas de provocar. Y sí, ahí está ese hombre de libido encendida que corre detrás de ella.

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El fallecimiento de Jacobo Zabludovsky

03 de julio de 2015

Gabriela Warkentin y Mario Campos platican de la muerte del periodista Jacobo Zabludovsky a los 87 años.

Agenda Pública se transmite de lunes a viernes a las 19:30 hrs. por Foro TV.

Agenda Pública es un programa para discutir día a día el comportamiento de los medios y los procesos de la comunicación, conducido por José Carreño Carlón, Mario Campos y Gabriela Warkentin.

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Pedro Canché libre

01 de junio de 2015

Queda libre el periodista maya Pedro Canché; las notas más mediáticas de los últimos días.

Agenda Pública se transmite de lunes a viernes a las 19:30 hrs. por Foro TV.

Agenda Pública es un programa para discutir día a día el comportamiento de los medios y los procesos de la comunicación, conducido por José Carreño Carlón, Mario Campos y Gabriela Warkentin.

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El video de una decapitación

24 de agosto de 2014, a través de eluniversalmas.com.mx

Un hombre arrodillado, vestido de naranja. Su verdugo detrás, en negro impecable. Un cuchillo en la mano, pequeño por cierto. Pequeño para lo que será la acción que sigue. Paisaje entre soleado y caliente. Hay palabras, hay acentos, hay una decapitación. Luego el cuerpo, esa cabeza… ¿fin de la historia?

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Salir (o no) del clóset en Prime Time

10 de marzo de 2013

¿Era necesario aclarar que se es heterosexual para denunciar las agresiones? ¿Esa aclaración no era una manera de deslindarse de aquello de lo que se le estaba acusando? Al hacerlo, ¿no estaba marcando distancia a pesar de manifestar simpatías?

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EL PERIODISTA, EL CAPO Y LA FOTO

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y a todos se nos movieron un poco las certezas.

Parecía la crónica de un domingo cualquiera; terminó marcada por la “crónica de un encuentro insólito”. Ya desde el sábado, los murmullos en las redes sociales y los humores de los adelantados nos habían puesto sobre aviso: EL periodista, Julio Scherer (decano de las letras informativas en México, personaje imprescindible del país en que nos hemos convertido, hombre al que se antepone el Don) aparece en una fotografía, en la portada del semanario Proceso (publicación emblemática, opositora como destino y estridente ocasional como marca); junto a él, Ismael El Mayo Zambada, capo entre los suyos, con el brazo sobre los hombros del periodista, el cuello erguido, porte de cazador y mirada que se intuye bajo la sombra de una gorra más camionera que deportiva. Al periodista se le notan los años, pero los porta con el aplomo del que se sabe; al capo se le notan los fueros, pero los recoge con la conciencia del que se expone. Así comenzó el fin de semana informativo, en este México inmerso en una guerra contra el crimen organizado, con cientos de muertes a cuestas, periodistas asesinados, regiones asoladas, horizontes por redefinirse. Uno diría, ¡no sacudan que las olas crecen! Pero bueno, así comenzó.

En páginas interiores de la revista, la crónica de Scherer, esa “crónica de un encuentro insólito”. Cómo lo contactaron de parte del capo, cómo aceptó (porque “si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”), cómo lo transportaron, cómo llegó, cómo se encontró con ese otro, cómo no le pudo hacer las preguntas, cómo el otro contestó lo que quiso, cómo se terminaron por tomar la fotografía, ésa, la de la portada. “El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.” Vaya juego de palabras y de sugerencias: EL periodista frente a uno de los más buscados por la justicia; o en realidad no frente, sino en un abrazo que provoca.

Ahí, el domingo dejó de ser cualquiera, los días subsecuentes también. La edición de la revista se fue agotando. Y el coro se desató. Desde el mismo domingo, algunos periodistas de piel sensible reaccionaron ante las posibles críticas: ya sabemos que el que ejerce ve con recelo al que lo observa. Pero poco después, ¡ah!, vaya coliseo de voces encontradas. Por un lado, a quienes no les pareció. Argumentan que la entrevista no aporta, que el periodista terminó como mensajero del narco, que la fotografía muestra la rendición ante el poder fáctico, que el periodista se convierte en cómplice, que no hay nada noticioso, en fin, ¡que no aporta! Por el otro lado, a quienes sí les pareció. Argumentan que la crónica (que no entrevista) sí aporta, que es más importante lo que no se dice, que la contundencia de la imagen devela el fracaso de la guerra emprendida, que el periodista es eso y no procurador de justicia, que la publicación en sí misma es lo noticioso, en fin, ¡que sí aporta!

Las redes sociales bullen. Sólo en Twitter, el tema se mantuvo como el más discutido, en competencia apenas con la tragedia de enredos en que se ha convertido la misteriosa muerte de la pequeñita Paulette, en las periferias acomodadas de la capital mexicana. Los medios de comunicación se empapan del tema, y no hay opinador que se respete que no se aplique. Los detractores reclaman a los valedores su rendición incondicional ante Don Julio. Los valedores exhiben en los detractores enconos y envidias enquistadas. Hacia mediados de la semana, muchos comunicadores ya manifestaban las “preguntas que Don Julio debió haber formulado”, en resumen, “la entrevista que debió haber hecho, no hizo y yo seguro habría hecho mejor”. En el coliseo de la opinión, las voces se arrebatan la efímera espada de la verdad asumida.

Lo único cierto es que Julio Scherer, y Proceso, marcaron la agenda. Lo único cierto es que no sabemos qué hacer en este México en “guerra” (así nos lo han dicho), con actores que se definen y que son mejores jugadores mediáticos. Lo único cierto es que nos agarró desprevenidos y, ante la sorpresa, la reacción fue la descalificación inmediata o la adoración acrítica.

No veo con malos ojos la publicación. Me parece inútil centrarnos en la calidad de la entrevista, porque no lo es: recordemos, “crónica de un encuentro insólito”. Foto y texto dicen más por lo que no explicitan, y porque incomodan. Sí, muchas cosas que reclamarle al narco: muerte, terror, sangre, prensa acallada, zonas devastadas, un México en guerra. Y sí, cosas que ponerle en frente a Julio Scherer, una no menor la delgada línea que separa su crónica de un proceso de humanizar al enemigo declarado. En otros momentos me he manifestado en contra de abrirle micrófonos, plumas o cámaras al crimen organizado. Y lo sostengo. Pero aquí ganó la contundencia, porque aún a pesar del ego del cronista, de las trivialidades que se asoman, de lo mucho que no se dice, confirmo, con esta sola publicación, que es fácil desnudar lo extraviados que estamos en encontrarle rumbo al enredado México del Siglo XXI.

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y todos, todos nos vimos en el espejo.

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